giovedì 7 settembre 2017

Sala stampa della Santa Sede
[Text: Italiano, Français, English, Español, Português]
Alle ore 11 di questa mattina, il Santo Padre Francesco incontra i Vescovi presso il Palazzo Cardinalizio di Bogotá. All’ingresso del Salone in cui si trovano riuniti circa 130 Vescovi colombiani, il Papa è accolto dal Presidente della Conferenza Episcopale Colombiana e Arcivescovo di Villavicencio, S.E. Mons. Óscar Urbina Ortega. Quindi dopo gli indirizzi di saluto del Primate di Colombia e Arcivescovo di Bogotá, Card. Rubén Salazar Gómez, e del Presidente della Conferenza Episcopale Colombiana e Arcivescovo di Villavicencio, S.E. Mons. Óscar Urbina Ortega, il Santo Padre pronuncia il discorso che riportiamo di seguito:
Discorso del Santo Padre
La paz esté con ustedes
Así saludó el Resucitado a su pequeña grey después de haber vencido a la muerte, así consiéntanme que los salude al inicio de mi viaje.
Agradezco las palabras de bienvenida. Estoy contento porque los primeros pasos que doy en este País me llevan a encontrarlos a ustedes, obispos de Colombia, para abrazar en ustedes a toda la Iglesia colombiana y para estrechar a su gente en mi corazón de Sucesor de Pedro. Les agradezco muchísimo su ministerio episcopal, que les ruego continúen realizándolo con renovada generosidad. Un saludo particular dirijo a los obispos eméritos, animándolos a seguir sosteniendo, con la oración y con la presencia discreta, a la Esposa de Cristo por la cual se han entregado generosamente.
Vengo para anunciar a Cristo y para cumplir en su nombre un itinerario de paz y reconciliación. ¡Cristo es nuestra paz! ¡Él nos ha reconciliado con Dios y entre nosotros!
Estoy convencido de que Colombia tiene algo de original que llama fuertemente la atención: no ha sido nunca una meta completamente realizada, ni un destino totalmente acabado, ni un tesoro totalmente poseído. Su riqueza humana, sus vigorosos recursos naturales, su cultura, su luminosa síntesis cristiana, el patrimonio de su fe y la memoria de sus evangelizadores, la alegría gratuita e incondicional de su gente, la impagable sonrisa de su juventud, su original fidelidad al Evangelio de Cristo y a su Iglesia y, sobre todo, su indomable coraje de resistir a la muerte, no sólo anunciada sino muchas veces sembrada: todo esto se sustrae, digamos se esconde, a aquellos que se presentan como forasteros hambrientos de adueñársela y, en cambio, se brinda generosamente a quien toca su corazón con la mansedumbre del peregrino. Así es Colombia.
Por esto, como peregrino, me dirijo a su Iglesia. De ustedes soy hermano, deseoso de compartir a Cristo Resucitado para quien ningún muro es perenne, ningún miedo es indestructible, ninguna plaga es incurable.
No soy el primer Papa que les habla en su casa. Dos de mis más grandes Predecesores han sido huéspedes aquí: el beato Pablo VI, que vino apenas concluyó el Concilio Vaticano II para animar la realización colegial del misterio de la Iglesia en América Latina; y san Juan Pablo II en su memorable visita apostólica de 1986. Las palabras de ambos son un recurso permanente, las indicaciones que delinearon y la maravillosa síntesis que ofrecieron sobre nuestro ministerio episcopal constituyen un patrimonio para custodiar. Quisiera que cuanto les diga sea recibido en continuidad con lo que ellos han enseñado.
Custodios y sacramento del primer paso
«Dar el primer paso» es el lema de mi visita y también para ustedes este es mi primer mensaje. Bien saben que Dios es el Señor del primer paso. Él siempre nos primerea. Toda la Sagrada Escritura habla de Dios como exiliado de sí mismo por amor. Ha sido así cuando sólo había tinieblas, caos y, saliendo de sí, Él hizo que todo viniese a ser (cf. Gn 1.2,4); ha sido así cuando en el jardín de los orígenes Él se paseaba, dándose cuenta de la desnudez de su creatura (cf. Gn 3,8-9); ha sido así cuando, peregrino, Él se alojó en la tienda de Abraham, dejándole la promesa de una inesperada fecundidad (cf. Gn 18,1-10); ha sido así cuando se presentó a Moisés encantándolo, cuando ya no tenía otro horizonte que pastorear las ovejas de su suegro (cf. Ex, 3,1-2); ha sido así cuando no quitó de su mirada a su amada Jerusalén, aun cuando se prostituía en la vereda de la infidelidad (cf. Ez 16,15); ha sido así cuando migró con su gloria hacia su pueblo exiliado en la esclavitud (cf. Ez 10,18-19).
Y, en la plenitud del tiempo, quiso revelar el verdadero nombre del primer paso, de su primer paso. Se llama Jesús y es un paso irreversible. Proviene de la libertad de un amor que todo lo precede. Porque el Hijo, Él mismo, es la expresión viva de dicho amor. Aquellos que lo reconocen y lo acogen reciben en herencia el don de ser introducidos en la libertad de poder cumplir siempre en Él ese primer paso, no tienen miedo de perderse si salen de sí mismos, porque llevan la fianza del amor emanado del primer paso de Dios, una brújula que no les consiente perderse.
Cuiden pues, con santo temor y conmoción, ese primer paso de Dios hacia ustedes y, con su ministerio, hacia la gente que les ha sido confiada, en la conciencia de ser sacramento viviente de esa libertad divina que no tiene miedo de salir de sí misma por amor, que no teme empobrecerse mientras se entrega, que no tiene necesidad de otra fuerza que el amor.
Dios nos precede, somos sarmientos y no la vid. Por tanto, no enmudezcan la voz de Aquél que los ha llamado ni se ilusionen en que sea la suma de sus pobres virtudes o los halagos de los poderosos de turno quienes aseguran el resultado de la misión que les ha confiado Dios. Al contrario, mendiguen en la oración cuando no puedan dar ni darse, para que tengan algo que ofrecer a aquellos que se acercan constantemente a sus corazones de pastores. La oración en la vida del obispo es la savia vital que pasa por la vid, sin la cual el sarmiento se marchita volviéndose infecundo. Por tanto, luchen con Dios, y más todavía en la noche de su ausencia, hasta que Él no los bendiga (cf. Gn 32,25-27). Las heridas de esa cotidiana y prioritaria batalla en la oración serán fuente de curación para ustedes; serán heridos por Dios para hacerse capaces de curar.
Hacer visible su identidad de sacramento del primer paso de Dios
De hecho, hacer tangible la identidad de sacramento del primer paso de Dios exigirá un continuo éxodo interior. «No hay ninguna invitación al amor mayor que adelantarse en ese mismo amor» (San Agustín, De catechizandis rudibus, liber I, 4.7, 26: PL 40), y, por tanto, ningún ámbito de la misión episcopal puede prescindir de esta libertad de cumplir el primer paso. La condición de posibilidad para el ejercicio del ministerio apostólico es la disposición a acercarse a Jesús dejando atrás «lo que fuimos, para que seamos lo que no éramos» (Id., Enarr. in psal., 121,12: PL 36).
Les recomiendo vigilar no sólo individualmente sino colegialmente, dóciles al Espíritu Santo, sobre este permanente punto de partida. Sin este núcleo languidecen los rasgos del Maestro en el rostro de los discípulos, la misión se atasca y disminuye la conversión pastoral, que no es otra cosa que rescatar aquella urgencia de anunciar el Evangelio de la alegría hoy, mañana y pasado mañana (cf. Lc 13,33), premura que devoró el Corazón de Jesús dejándolo sin nido ni resguardo, reclinado solamente en el cumplimiento hasta el final de la voluntad del Padre (cf. Lc 9,58.62). ¿Qué otro futuro podemos perseguir? ¿A qué otra dignidad podemos aspirar?
No se midan con el metro de aquellos que quisieran que fueran sólo una casta de funcionarios plegados a la dictadura del presente. Tengan, en cambio, siempre fija la mirada en la eternidad de Aquél que los ha elegido, prontos a acoger el juicio decisivo de sus labios.
En la complejidad del rostro de esta Iglesia colombiana, es muy importante preservar la singularidad de sus diversas y legítimas fuerzas, las sensibilidades pastorales, las peculiaridades regionales, las memorias históricas, las riquezas de las propias experiencias eclesiales. Pentecostés consiente que todos escuchen en la propia lengua. Por ello, busquen con perseverancia la comunión entre ustedes. No se cansen de construirla a través del diálogo franco y fraterno, condenando como peste las agendas encubiertas. Sean premurosos en cumplir el primer paso, del uno para con el otro. Anticípense en la disposición de comprender las razones del otro. Déjense enriquecer de lo que el otro les puede ofrecer y construyan una Iglesia que ofrezca a este País un testimonio elocuente de cuánto se puede progresar cuando se está dispuesto a no quedarse en las manos de unos pocos. El rol de las Provincias Eclesiásticas en relación al mismo mensaje evangelizador es fundamental, porque son diversas y armonizadas las voces que lo proclaman. Por esto, no se contenten con un mediocre compromiso mínimo que deje a los resignados en la tranquila quietud de la propia impotencia, a la vez que domestica aquellas esperanzas que exigirían el coraje de ser encauzadas más sobre la fuerza de Dios que sobre la propia debilidad.
Reserven una particular sensibilidad hacia las raíces afro-colombianas de su gente, que tan generosamente han contribuido a plasmar el rostro de esta tierra.
Tocar la carne del cuerpo de Cristo Los invito a no tener miedo de tocar la carne herida de la propia historia y de la historia de su gente. Háganlo con humildad, sin la vana pretensión de protagonismo, y con el corazón indiviso, libre de compromisos o servilismos. Sólo Dios es Señor y a ninguna otra causa se debe someter nuestra alma de pastores.
Colombia tiene necesidad de su mirada propia de obispos, para sostenerla en el coraje del primer paso hacia la paz definitiva, la reconciliación, hacia la abdicación de la violencia como método, la superación de las desigualdades que son la raíz de tantos sufrimientos, la renuncia al camino fácil pero sin salida de la corrupción, la paciente y perseverante consolidación de la «res publica» que requiere la superación de la miseria y de la desigualdad.
Se trata de una tarea ardua pero irrenunciable, los caminos son empinados y las soluciones no son obvias. Desde lo alto de Dios, que es la cruz de su Hijo, obtendrán la fuerza; con la lucecita humilde de los ojos del Resucitado recorrerán el camino; escuchando la voz del Esposo que susurra en el corazón, recibirán los criterios para discernir de nuevo, en cada incertidumbre, la justa dirección.
Uno de sus ilustres literatos escribió hablando de uno de sus míticos personajes: «No imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla» (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, capítulo 9). Todos sabemos que la paz exige de los hombres un coraje moral diverso. La guerra sigue lo que hay de más bajo en nuestro corazón, la paz nos impulsa a ser más grandes que nosotros mismos. En seguida, el escritor añadía: «No entendía que hubiera necesitado tantas palabras para explicar lo que se sentía en la guerra, si con una sola bastaba: miedo» (ibíd., cap. 15). No es necesario que les hable de ese miedo, raíz envenenada, fruto amargo y herencia nefasta de cada contienda. Quiero animarlos a seguir creyendo que se puede hacer de otra manera, recordando que no han recibido un espíritu de esclavos para recaer en el temor; el mismo Espíritu atestigua que son hijos destinados a la libertad de la gloria a ellos reservada (cf. Rm 8,15-16).
Ustedes ven con los propios ojos y conocen como pocos la deformación del rostro de este País, son custodios de las piezas fundamentales que lo hacen uno, no obstante sus laceraciones. Precisamente por esto, Colombia tiene necesidad de ustedes para reconocerse en su verdadero rostro cargado de esperanza a pesar de sus imperfecciones, para perdonarse recíprocamente no obstante las heridas no del todo cicatrizadas, para creer que se puede hacer otro camino aun cuando la inercia empuja a repetir los mismos errores, para tener el coraje de superar cuanto la puede volver miserable a pesar de sus tesoros.
Los animo, pues, a no cansarse de hacer de sus Iglesias un vientre de luz, capaz de generar, aun sufriendo pobreza, las nuevas creaturas que esta tierra necesita. Hospédense en la humildad de su gente para darse cuenta de sus secretos recursos humanos y de fe, escuchen cuánto su despojada humanidad brama por la dignidad que solamente el Resucitado puede conferir. No tengan miedo de migrar de sus aparentes certezas en búsqueda de la verdadera gloria de Dios, que es el hombre viviente.
La palabra de la reconciliación
Muchos pueden contribuir al desafío de esta Nación, pero la misión de ustedes es singular. Ustedes no son técnicos ni políticos, son pastores. Cristo es la palabra de reconciliación escrita en sus corazones y tienen la fuerza de poder pronunciarla no solamente en los púlpitos, en los documentos eclesiales o en los artículos de periódicos, sino más bien en el corazón de las personas, en el secreto sagrario de sus conciencias, en el calor esperanzado que los atrae a la escucha de la voz del cielo que proclama «paz a los hombres amados por Dios» (Lc 2,14). Ustedes deben pronunciarla con el frágil, humilde, pero invencible recurso de la misericordia de Dios, la única capaz de derrotar la cínica soberbia de los corazones autorreferenciales.
A la Iglesia no le interesa otra cosa que la libertad de pronunciar esta Palabra. No sirven alianzas con una parte u otra, sino la libertad de hablar a los corazones de todos. Precisamente allí tienen la autonomía para inquietar, allí tienen la posibilidad de sostener un cambio de ruta.
El corazón humano, muchas veces engañado, concibe el insensato proyecto de hacer de la vida un continuo aumento de espacios para depositar lo que acumula. Precisamente aquí es necesario que resuene la pregunta: ¿De qué sirve ganar el mundo entero si queda el vacío en el alma? (cf. Mt 16,26).
De sus labios de legítimos pastores de Cristo, tal cual ustedes son, Colombia tiene el derecho de ser interpelada por la verdad de Dios, que repite continuamente: «¿Dónde está tu hermano?» (Gn 4,9). Es un interrogatorio que no puede ser silenciado, aun cuando quien lo escucha no puede más que abajar la mirada, confundido, y balbucir la propia vergüenza por haberlo vendido, quizás, al precio de alguna dosis de estupefaciente o alguna equívoca concepción de razón de Estado, tal vez por la falsa conciencia de que el fin justifica los medios.
Les ruego tener siempre fija la mirada sobre el hombre concreto. No sirvan a un concepto de hombre, sino a la persona humana amada por Dios, hecha de carne, huesos, historia, fe, esperanza, sentimientos, desilusiones, frustraciones, dolores, heridas, y verán que esa concreción del hombre desenmascara las frías estadísticas, los cálculos manipulados, las estrategias ciegas, las falseadas informaciones, recordándoles que «realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).
Una Iglesia en misión
Teniendo en cuenta el generoso trabajo pastoral que ya desarrollan, permítanme ahora que les presente algunas inquietudes que llevo en mi corazón de pastor, deseoso de exhortarles a ser cada vez más una Iglesia en misión. Mis Predecesores ya han insistido sobre varios de estos desafíos: la familia y la vida, los jóvenes, los sacerdotes, las vocaciones, los laicos, la formación. Los decenios transcurridos, no obstante el ingente trabajo, quizás han vuelto aún más fatigosas las respuestas para hacer eficaz la maternidad de la Iglesia en el generar, alimentar y acompañar a sus hijos.
Pienso en las familias colombianas, en la defensa de la vida desde el vientre materno hasta su natural conclusión, en la plaga de la violencia y del alcoholismo, no raramente extendida en los hogares, en la fragilidad del vínculo matrimonial y la ausencia de los padres de familia con sus trágicas consecuencias de inseguridad y orfandad. Pienso en tantos jóvenes amenazados por el vacío del alma y arrastrados en la fuga de la droga, en el estilo de vida fácil, en la tentación subversiva. Pienso en los numerosos y generosos sacerdotes y en el desafío de sostenerlos en la fiel y cotidiana elección por Cristo y por la Iglesia, mientras algunos otros continúan propagando la cómoda neutralidad de aquellos que nada eligen para quedarse con la soledad de sí mismos. Pienso en los fieles laicos esparcidos en todas las Iglesias particulares, resistiendo fatigosamente para dejarse congregar por Dios que es comunión, aun cuando no pocos proclaman el nuevo dogma del egoísmo y de la muerte de toda solidaridad. Pienso en el inmenso esfuerzo de todos para profundizar la fe y hacerla luz viva para los corazones y lámpara para el primer paso.
No les traigo recetas ni intento dejarles una lista de tareas. Con todo quisiera rogarles que, al realizar en comunión su gravosa misión de pastores de Colombia, conserven la serenidad. Bien saben que en la noche el maligno continúa sembrando cizaña, pero tengan la paciencia del Señor del campo, confiándose en la buena calidad de sus granos. Aprendan de su longanimidad y magnanimidad. Sus tiempos son largos porque es inconmensurable su mirada de amor. Cuando el amor es reducido el corazón se vuelve impaciente, turbado por la ansiedad de hacer cosas, devorado por el miedo de haber fracasado. Crean sobre todo en la humildad de la semilla de Dios. Fíense de la potencia escondida de su levadura. Orienten el corazón sobre la preciosa fascinación que atrae y hace vender todo con tal de poseer ese divino tesoro.
De hecho, ¿qué otra cosa más fuerte pueden ofrecer a la familia colombiana que la fuerza humilde del Evangelio del amor generoso que une al hombre y a la mujer, haciéndolos imagen de la unión de Cristo con su Iglesia, transmisores y guardianes de la vida? Las familias tienen necesidad de saber que en Cristo pueden volverse árbol frondoso capaz de ofrecer sombra, dar fruto en todas las estaciones del año, anidar la vida en sus ramas. Son tantos hoy los que homenajean árboles sin sombra, infecundos, ramas privadas de nidos. Que para ustedes el punto de partida sea el testimonio alegre de que la felicidad está en otro lugar.
¿Qué cosa pueden ofrecer a sus jóvenes? Ellos aman sentirse amados, desconfían de quien los minusvalora, piden coherencia limpia y esperan ser involucrados. Recíbanlos, por tanto, con el corazón de Cristo y ábranles espacios en la vida de sus Iglesias. No participen en ninguna negociación que malvenda sus esperanzas. No tengan miedo de alzar serenamente la voz para recordar a todos que una sociedad que se deja seducir por el espejismo del narcotráfico se arrastra a sí misma en esa metástasis moral que mercantiliza el infierno y siembra por doquier la corrupción y, al mismo tiempo, engorda los paraísos fiscales.
¿Qué cosa pueden dar a sus sacerdotes? El primer don es aquel de su paternidad que asegure que la mano que los ha generado y ungido no se ha retirado de sus vidas. Vivimos en la era de la informática y no nos es difícil alcanzar a nuestros sacerdotes en tiempo real mediante algún programa de mensajes. Pero el corazón de un padre, de un obispo, no puede limitarse a la precaria, impersonal y externa comunicación con su presbiterio. No se puede apartar del corazón del obispo la inquietud sobre dónde viven sus sacerdotes. ¿Viven de verdad según Jesús? ¿O se han improvisado otras seguridades como la estabilidad económica, la ambigüedad moral, la doble vida o la ilusión miope de la carrera? Los sacerdotes precisan, con necesidad y urgencia vital, de la cercanía física y afectiva de su obispo. Requieren sentir que tienen padre.
Sobre las espaldas de los sacerdotes frecuentemente pesa la fatiga del trabajo cotidiano de la Iglesia. Ellos están en primera línea, continuamente circundados de la gente que, abatida, busca en ellos el rostro del pastor. La gente se acerca y golpea a sus corazones. Ellos deben dar de comer a la multitud y el alimento de Dios no es nunca una propiedad de la cual se puede disponer sin más. Al contrario, proviene solamente de la indigencia puesta en contacto con la bondad divina. Despedir a la muchedumbre y alimentarse de lo poco que uno puede indebidamente apropiarse es una tentación permanente (cf. Lc 9,13).
Vigilen por tanto sobre las raíces espirituales de sus sacerdotes. Condúzcanlos continuamente a aquella Cesarea de Filipo donde, desde los orígenes del Jordán de cada uno, puedan sentir de nuevo la pregunta de Jesús: ¿Quién soy yo para ti? La razón del gradual deterioro que muchas veces lleva a la muerte del discípulo siempre está en un corazón que ya no puede responder: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios» (cf. Mt 16,13-16). De aquí se debilita el coraje de la irreversibilidad del don de sí, y deriva también la desorientación interior, el cansancio de un corazón que ya no sabe acompañar al Señor en su camino hacia Jerusalén.
Cuiden especialmente el itinerario formativo de sus sacerdotes, desde el nacimiento de la llamada de Dios en sus corazones. La nueva Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, recientemente publicada, es un valioso recurso, aún por aplicar, para que la Iglesia colombiana esté a la altura del don de Dios que nunca ha dejado de llamar al sacerdocio a tantos de sus hijos.
No descuiden, por favor, la vida de los consagrados y consagradas. Ellos y ellas constituyen la bofetada kerigmática a toda mundanidad y son llamados a quemar cualquier resaca de valores mundanos en el fuego de las bienaventuranzas vividas sin glosa y en el total abajamiento de sí mismos en el servicio. No los consideren como «recursos de utilidad» para las obras apostólicas; más bien, sepan ver en ellos el grito del amor consagrado de la Esposa: «Ven Señor Jesús» (Ap 22,20).
Reserven la misma preocupación formativa a sus laicos, de los cuales depende no sólo la solidez de las comunidades de fe, sino gran parte de la presencia de la Iglesia en el ámbito de la cultura, de la política, de la economía. Formar en la Iglesia significa ponerse en contacto con la fe viviente de la Comunidad viva, introducirse en un patrimonio de experiencias y de respuestas que suscita el Espíritu Santo, porque Él es quien enseña todas las cosas (cf. Jn 14,26).
Un pensamiento quisiera dirigir a los desafíos de la Iglesia en la Amazonia, región de la cual con razón están orgullosos, porque es parte esencial de la maravillosa biodiversidad de este País. La Amazonia es para todos nosotros una prueba decisiva para verificar si nuestra sociedad, casi siempre reducida al materialismo y pragmatismo, está en grado de custodiar lo que ha recibido gratuitamente, no para desvalijarlo, sino para hacerlo fecundo. Pienso, sobre todo, en la arcana sabiduría de los pueblos indígenas amazónicos y me pregunto si somos aún capaces de aprender de ellos la sacralidad de la vida, el respeto por la naturaleza, la conciencia de que no solamente la razón instrumental es suficiente para colmar la vida del hombre y responder a sus más inquietantes interrogantes.
Por esto los invito a no abandonar a sí misma la Iglesia en Amazonia. La consolidación de un rostro amazónico para la Iglesia que peregrina aquí es un desafío de todos ustedes, que depende del creciente y consciente apoyo misionero de todas las diócesis colombianas y de su entero clero. He escuchado que en algunas lenguas nativas amazónicas para referirse a la palabra «amigo» se usa la expresión «mi otro brazo». Sean por lo tanto el otro brazo de la Amazonia. Colombia no la puede amputar sin ser mutilada en su rostro y en su alma.
Queridos hermanos:
Los invito ahora a dirigirnos espiritualmente a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, cuya imagen han tenido la delicadeza de traer de su Santuario a la magnífica Catedral de esta ciudad para que también yo la pudiera contemplar.
Como bien saben, Colombia no puede darse a sí misma la verdadera Renovación a la que aspira, sino que ésta viene concedida desde lo alto. Supliquémosla al Señor, pues, por medio de la Virgen.
Así como en Chiquinquirá Dios ha renovado el esplendor del rostro de su Madre, que Él siga iluminando con su celestial luz el rostro de este entero País y bendiga a la Iglesia de Colombia con su benévola compañía.
Traduzione in lingua italiana
La pace sia con voi
Così il Risorto salutò il suo piccolo gregge dopo aver vinto la morte; consentitemi di salutarvi in questo modo all’inizio del mio viaggio.
Vi ringrazio per le parole di benvenuto. Sono contento perché i primi passi che compio in questo Paese mi portano a incontrare voi, Vescovi della Colombia, per abbracciare in voi tutta la Chiesa colombiana e per stringere la vostra gente al mio cuore di Successore di Pietro. Vi ringrazio moltissimo per il vostro ministero episcopale, che vi prego di continuare ad esercitare con rinnovata generosità. Rivolgo un particolare saluto ai Vescovi emeriti, incoraggiandoli a continuare a sostenere, con la preghiera e con la presenza discreta, la Sposa di Cristo alla quale si sono generosamente donati.
Vengo per annunciare Cristo e per compiere nel suo nome un cammino di pace e di riconciliazione. Cristo è la nostra pace! Egli ci ha riconciliati con Dio e tra di noi!
Sono convinto che la Colombia abbia qualcosa di originale che richiama fortemente l’attenzione: non è mai stata una meta completamente realizzata, né una destinazione totalmente raggiunta, né un tesoro totalmente posseduto. La sua ricchezza umana, le sue abbondanti risorse naturali, la sua cultura, la sua luminosa sintesi cristiana, il patrimonio della sua fede e la memoria dei suoi evangelizzatori, la gioia spontanea e senza riserve della sua gente, l’impagabile sorriso della sua gioventù, la sua originale fedeltà al Vangelo di Cristo e alla sua Chiesa e, soprattutto, il suo indomabile coraggio di resistere alla morte, non solo annunciata, ma molte volte seminata: tutto questo viene sottratto, diciamo che si nasconde, a quelli che si presentano come stranieri bramosi di soggiogarla, mentre, all’opposto, si offre generosamente a chi tocca il suo cuore con la mansuetudine del pellegrino. La Colombia è così.
Per questo, come pellegrino, mi rivolgo alla vostra Chiesa. Sono vostro fratello, desideroso di condividere Cristo Risorto, per il quale nessun muro è eterno, nessuna paura è indistruttibile, nessuna piaga è incurabile.
Non sono il primo Papa che vi parla nella vostra casa. Due dei miei più grandi predecessori sono stati ospiti qui: il beato Paolo VI, che venne poco dopo la conclusione del Concilio Vaticano II per incoraggiare l’attuazione collegiale del mistero della Chiesa in America Latina; e san Giovanni Paolo II nella sua memorabile visita apostolica del 1986. Le parole di ambedue sono una risorsa permanente, le indicazioni che delinearono e la stupenda sintesi che offrirono sul nostro ministero episcopale costituiscono un patrimonio da custodire. Vorrei che quanto vi dico venga recepito in continuità con quello che essi hanno insegnato.
Custodi e sacramento del primo passo
«Fare il primo passo» è il motto della mia visita e anche per voi questo è il mio primo messaggio. Sapete bene che Dio è il Signore del primo passo. Egli ci anticipa sempre. Tutta la Sacra Scrittura parla di Dio come esiliato da Sé stesso per amore. E’ stato così quando vi erano solo tenebre, caos e, uscendo da Sé, Egli fece in modo che tutto venisse ad essere (cfr Gen 1,1 – 2,4); è stato così quando Egli passeggiava nel giardino delle origini, e si accorse della nudità della sua creatura (cfr Gen 3,8-9); è stato così quando, pellegrino, Egli sostò nella tenda di Abramo, lasciandogli la promessa di una insperata fecondità (cfr Gen 18,1-10); è stato così quando si presentò a Mosè affascinandolo, quando non aveva più altro orizzonte che quello di pascolare le pecore di suo suocero (cfr Es 3,1-2); è stato così quando non tolse lo sguardo dalla sua amata Gerusalemme, neppure quando si prostituiva sul marciapiede dell’infedeltà (cfr Ez 16,15); è stato così quando emigrò con la sua gloria verso il suo popolo esiliato nella schiavitù (cfr Es 10,18-19).
E, nella pienezza del tempo, volle rivelare il vero nome del primo passo, del suo primo passo. Si chiama Gesù ed è un passo irreversibile. Proviene dalla libertà di un amore che tutto precede. Perché il Figlio, Egli stesso, è la vivente espressione di tale amore. Coloro che lo riconoscono e lo accolgono ricevono in eredità il dono di essere introdotti nella libertà di poter compiere sempre in Lui il primo passo, non hanno paura di perdersi se escono da sé stessi, perché possiedono la garanzia dell’amore che promana dal primo passo di Dio, una bussola che impedisce loro di perdersi.
Custodite dunque, con santo timore e commozione, quel primo passo di Dio verso di voi e, per mezzo del vostro ministero, verso la gente che vi è stata affidata, nella consapevolezza di essere sacramento vivente di quella libertà divina che non ha paura di uscire da sé stessa per amore, che non teme di impoverirsi mentre si dona, che non ha necessità di altra forza che l’amore.
Dio ci precede, siamo tralci e non la vite. Pertanto, non fate tacere la voce di Colui che ci ha chiamati, e non pensate che siano la somma delle vostre povere virtù o le lusinghe dei potenti di turno ad assicurare il risultato della missione che Dio vi ha affidato. Al contrario, mendicate nella preghiera quando non potete né dare, né darvi, perché abbiate qualcosa da offrire a quelli che si accostano costantemente al vostro cuore di Pastori. La preghiera nella vita del Vescovo è la linfa vitale che passa attraverso la vite, senza la quale il tralcio marcisce diventando infecondo. Pertanto, lottate con Dio, e più ancora nella notte della sua assenza, finché Egli non vi benedica (cfr Gen 32,25-27). Le ferite di questa quotidiana e prioritaria battaglia nella preghiera saranno fonte di risanamento per voi; sarete feriti da Dio per diventare capaci di curare.
Rendere visibile la vostra identità di sacramento del primo passo di Dio
Di fatto, rendere tangibile l’identità di sacramento del primo passo di Dio, esigerà un continuo esodo interiore. «Non vi è infatti invito più efficace ad amare che essere primi nell’amare» (Agostino, De cat. rud., I, 4.7, 26: PL 40), e, pertanto, nessun ambito della missione episcopale può prescindere da questa libertà di compiere il primo passo. La condizione di possibilità per l’esercizio del ministero apostolico è la disposizione ad avvicinarsi a Gesù lasciando alle spalle «ciò che siamo stati, perché possiamo essere ciò che non eravamo» (Id., En. in ps., 121,12: PL 36).
Vi raccomando di vigilare non solo individualmente ma anche collegialmente, docili allo Spirito Santo, su questo permanente punto di partenza. Senza questo nucleo i lineamenti del Maestro illanguidiscono sul volto dei discepoli, la missione si blocca e diminuisce la conversione pastorale, che non è altro che dare risposta all’urgenza dell’annuncio del Vangelo della gioia oggi, domani e il giorno seguente (cfr Lc 13,33), zelo che consumò il Cuore di Gesù lasciandolo senza nido né riparo, dedito unicamente al compimento fino alla fine della volontà del Padre (cfr Lc 9,58.62). Quale altro futuro possiamo perseguire? A quale altra dignità possiamo aspirare?
Non misuratevi con il metro di quelli che vorrebbero che foste solo una casta di funzionari piegati alla dittatura del presente. Abbiate invece sempre fisso lo sguardo nell’eternità di Colui che vi ha scelti, pronti ad accogliere il decisivo giudizio delle sue labbra.
Nella complessità del volto di questa Chiesa colombiana, è molto importante preservare la singolarità delle sue differenti e legittime forze, le sensibilità pastorali, le peculiarità regionali, le memorie storiche, le ricchezze delle peculiari esperienze ecclesiali. La Pentecoste permette che tutti ascoltino nella propria lingua. Per tale ragione, cercate con perseveranza la comunione tra voi. Non stancatevi di costruirla attraverso il dialogo franco e fraterno, condannando come la peste i progetti nascosti. Siate solleciti nel compiere il primo passo l’uno verso l’altro. Anticipatevi nella disponibilità a comprendere le ragioni dell’altro. Lasciatevi arricchire da quello che l’altro può offrirvi e costruite una Chiesa che offra a questo Paese una testimonianza eloquente di quanto si può progredire quando si è disposti a non rimanere nelle mani di pochi. Il ruolo delle Provincie Ecclesiastiche in rapporto allo stesso messaggio di evangelizzazione è fondamentale, perché sono diverse e armonizzate le voci che lo proclamano. Per questo, non accontentatevi di un mediocre impegno minimo, che lasci i rassegnati nella tranquilla quiete della loro impotenza, mentre al tempo stesso placa quelle speranze che avrebbero bisogno del coraggio di essere riposte più sulla forza di Dio che sulla propria debolezza.
Riservate una particolare sensibilità per le radici afro-colombiane della vostra gente, che tanto generosamente hanno contribuito a disegnare il volto di questa terra.
Toccare la carne del corpo di Cristo
Vi invito a non avere paura di toccare la carne ferita della vostra storia e della storia della vostra gente. Fatelo con umiltà, senza la vana pretesa di protagonismo e con il cuore indiviso, libero da compromessi o servilismi. Solo Dio è il Signore e la nostra anima di Pastori non si deve sottomettere a nessun’altra causa.
La Colombia ha bisogno del vostro sguardo, sguardo di Vescovi, per sostenerla nel coraggio del primo passo verso la pace definitiva, la riconciliazione, il ripudio della violenza come metodo, il superamento delle disuguaglianze che sono la radice di tante sofferenze, la rinuncia alla strada facile ma senza uscita della corruzione, il paziente e perseverante consolidamento della res publica, che richiede il superamento della miseria e della disuguaglianza.
Si tratta di un compito arduo ma irrinunciabile: la strada è ripida e le soluzioni non sono ovvie. Dall’altezza di Dio, che è la croce del suo Figlio, otterrete la forza; con l’umile lucina degli occhi del Risorto percorrerete la via; ascoltando la voce dello Sposo che sussurra al cuore, riceverete i criteri per discernere di nuovo, in ogni incertezza, la giusta direzione.
Uno dei vostri illustri letterati scrisse parlando di uno dei suoi mitici personaggi: «Non immaginavo che fosse più facile iniziare una guerra che concluderla» (Gabriel García Márquez, Cent’anni di solitudine, cap. 9). Tutti sappiamo che la pace esige dagli uomini un coraggio morale diverso. La guerra deriva da quanto di più basso c’è nel nostro cuore, la pace invece ci spinge ad essere più grandi di noi stessi. Poi, lo scrittore aggiungeva: «Non pensavo che ci sarebbero volute tante parole per spiegare quello che si provava nella guerra, in realtà ne bastava una sola: paura» (ibid., cap. 10). Non è necessario che vi parli di tale paura, radice avvelenata, frutto amaro e nefasta eredità di ogni conflitto. Desidero incoraggiarvi a continuare a credere che si può agire diversamente, ricordando che non avete ricevuto uno spirito da schiavi per ricadere nella paura; lo stesso Spirito testimonia che siete figli destinati alla libertà della gloria ad essi riservata (cfr Rm 8,15-16).
Voi vedete con i vostri occhi e conoscete come pochi la deformazione del volto di questo Paese, siete custodi degli elementi fondamentali che lo rendono uno, nonostante le sue lacerazioni. Proprio per questo, la Colombia ha bisogno di voi per riconoscersi nel suo vero volto carico di speranza malgrado le sue imperfezioni, per perdonarsi reciprocamente nonostante le ferite non del tutto cicatrizzate, per credere che si può percorrere un’altra strada anche quando l’inerzia spinge a ripetere gli stessi errori, per avere il coraggio di superare quanto può renderla miserabile nonostante i suoi tesori.
Vi incoraggio, dunque, a non stancarvi di fare di ciascuna delle vostre Chiese un grembo di luce, capace di generare, pur soffrendo la povertà, le nuove creature di cui questa terra ha bisogno. Rifugiatevi nell’umiltà della vostra gente per rendervi conto delle loro segrete risorse umane e di fede, ascoltate quanto la loro spogliata umanità brama grazie alla dignità che soltanto il Risorto può conferire. Non abbiate paura di migrare dalle vostre apparenti certezze alla ricerca della vera gloria di Dio, che è l’uomo vivente.
La parola della riconciliazione
Molti possono contribuire alla sfida di questa Nazione, ma la vostra missione è peculiare. Voi non siete tecnici né politici, siete Pastori. Cristo è la parola di riconciliazione scritta nei vostri cuori e avete la forza di porla pronunciare non solo sui pulpiti, nei documenti ecclesiali o negli articoli dei periodici, ma più ancora nel cuore delle persone, nel segreto santuario delle loro coscienze, nell’ardente speranza che li attira all’ascolto della voce del cielo che proclama: «Pace agli uomini, che Dio ama» (Lc 2,14). Voi dovete pronunciarla con la fragile, umile, ma invincibile risorsa della misericordia di Dio, l’unica capace di abbattere la cinica superbia dei cuori autoreferenziali.
Alla Chiesa non interessa altro che la libertà di pronunciare questa Parola.. Non servono alleanze con una parte o con l’altra, bensì la libertà di parlare ai cuori di tutti. Proprio lì avete l’autonomia di inquietare, lì avete la possibilità di sostenere una inversione di rotta.
Il cuore umano, molte volte ingannato, concepisce l’insensato progetto di fare della vita un continuo aumento di spazi per depositare ciò che accumula. Proprio qui è necessario che risuoni la domanda: A che serve guadagnare il mondo intero se rimane il vuoto nell’anima (cfr Mt 16,26)?
Dalle vostre labbra di legittimi Pastori di Cristo, quali siete, la Colombia ha il diritto di essere interpellata dalla verità di Dio, che ripete continuamente: «Dov’è tuo fratello?» (Gen 4,9). E’ un interrogativo che non può essere taciuto, nemmeno quando chi lo ascolta non può far altro che abbassare lo sguardo, confuso, e balbettare la propria vergogna per averlo venduto, magari al prezzo di qualche dose di stupefacente o un errato concetto di ragion di Stato, oppure per la falsa coscienza che il fine giustifica i mezzi.
Vi prego di tenere sempre lo sguardo fisso all’uomo concreto. Non servite un concetto di uomo, ma la persona umana amata da Dio, fatta di carne e ossa, storia, fede, speranza, sentimenti, delusioni, frustrazioni, dolori, ferite, e vedrete che questa concretezza dell’uomo smaschera le fredde statistiche, i calcoli manipolati, le strategie cieche, le informazioni distorte, ricordandovi che «in realtà solamente nel mistero del Verbo incarnato trova vera luce il mistero dell’uomo» (Gaudium et spes, 22).
Una Chiesa in missione
Tenendo conto del generoso lavoro pastorale che già svolgete, permettetemi di presentarvi alcune ansie che porto nel mio cuore di Pastore, desideroso di esortarvi a essere sempre di più una Chiesa in missione. I miei Predecessori hanno già insistito su alcune di queste sfide: la famiglia, la vita, i giovani, i sacerdoti, le vocazioni, i laici, la formazione. Nei decenni scorsi, nonostante il grande lavoro, forse sono diventate ancora più faticose le risposte per rendere efficace la maternità della Chiesa nel generare, nutrire e accompagnare i suoi figli.
Penso alle famiglie colombiane, alla difesa della vita dal seno materno fino alla sua fine naturale, alla piaga della violenza e dell’alcolismo, non di rado diffusa nelle famiglie, alla fragilità del vincolo matrimoniale e l’assenza dei padri di famiglia con le sue tragiche conseguenze di insicurezza e orfanezza. Penso a tanti giovani minacciati dal vuoto dell’anima e presi dalla droga come via di uscita, o dallo stile di vita facile o dalla tentazione sovversiva. Penso ai numerosi e generosi sacerdoti e alla sfida di sostenerli nella fedele e quotidiana scelta per Cristo e per la Chiesa, mentre alcuni altri continuano a portare avanti la comoda neutralità di quelli che non scelgono nulla per rimanere soli con sé stessi. Penso ai fedeli laici sparsi in tutte le Chiese particolari, che resistono faticosamente nel lasciarsi radunare da Dio che è comunione, anche quando non pochi proclamano il nuovo dogma dell’egoismo e della morte di ogni solidarietà. Penso all’immenso sforzo di tutti per approfondire la fede e renderla luce viva per i cuori e lampada per fare il primo passo.
Non vi porto ricette né veglio lasciarvi una lista di compiti. In fondo vorrei pregarvi che, realizzando in comunione la vostra gravosa missione di Pastori in Colombia, conserviate la serenità. Sapete bene che di notte il maligno continua a seminare zizzania, ma abbiate la pazienza del Padrone del campo, confidando nella buona qualità dei vostri semi. Imparate dalla sua longanimità e magnanimità. I suoi tempi sono lunghi perché è smisurato il suo sguardo d’amore. Quando l’amore è scarso, il cuore diventa impaziente, turbato dall’ansia di fare cose, divorato dalla paura di aver fallito. Credete soprattutto nell’umiltà del seme di Dio. Fidatevi della potenza nascosta del suo lievito. Orientate il cuore al fascino stupendo che attrae e fa vendere tutto pur di possedere quel tesoro divino.
In effetti, che cosa di più forte potete offrire alla famiglia colombiana della forza umile del Vangelo dell’amore generoso che unisce l’uomo e la donna, rendendoli immagine dell’unione di Cristo con la Chiesa, messaggeri e custodi della vita? Le famiglie hanno bisogno di sapere che in Cristo possono diventare alberi frondosi capaci di offrire ombra, di dare frutto in ogni stagione dell’anno, di ospitare la vita tra i loro rami. Sono molti oggi quelli che rendono omaggio ad alberi senza ombra, infecondi, a rami privi di nidi. Per voi, il punto di partenza sia la testimonianza gioiosa che la felicità sta altrove.
Che cosa potete offrire ai vostri giovani? Loro vogliono sentirsi amati, diffidano di quelli che li sottovalutano, chiedono coerenza limpida e aspettano di essere coinvolti. Accoglieteli, pertanto, con il cuore di Cristo e aprite loro spazi nella vita delle vostre Chiese. Non partecipate ad alcun negoziato che svenda le loro speranze. Non abbiate paura di alzare serenamente la voce per ricordare a tutti che una società che si lascia sedurre dal miraggio del narcotraffico trascina sé stessa in quella metastasi morale che mercanteggia l’inferno e semina dovunque la corruzione, e nello stesso tempo ingrassa i paradisi fiscali.
Che cosa potete dare ai vostri sacerdoti? Il primo dono è quello della vostra paternità, che assicuri che la mano che li ha generati e unti non si ritirata dalla loro vita. Viviamo nell’era dell’informatica e non ci è difficile raggiungere i nostri sacerdoti in tempo reale con qualche programma di messaggi. Ma il cuore di un padre, di un Vescovo, non può limitarsi a comunicare col suo presbiterio in maniera precaria, impersonale ed esteriore. Non può lasciare il cuore del Vescovo la preoccupazione su dove vivono i suoi sacerdoti. Vivono veramente secondo Gesù? O si sono improvvisati altre sicurezze come la stabilità economica, l’ambiguità morale, la doppia vita o l’aspirazione miope alla carriera? I sacerdoti hanno necessità, urgente e vitale, della vicinanza fisica e affettiva del loro Vescovo. Hanno bisogno di sentire che hanno un padre.
Sulle spalle dei sacerdoti pesa spesso la fatica del lavoro quotidiano della Chiesa. Essi sono in prima linea, continuamente circondati dalla gente che, abbattuta, cerca in loro il volto del Pastore. La gente si avvicina e bussa al loro cuore. Essi devono dare da mangiare alle folle e il cibo di Dio non è mai una proprietà di cui si può disporre senz’altro. Al contrario, proviene solamente dall’indigenza messa a contatto con la bontà divina. Congedare la folla e cibarsi del poco che si può indebitamente fare proprio è una tentazione permanente (cfr Lc 9,13).
Vigilate pertanto sulle radici spirituali dei vostri sacerdoti. Conduceteli continuamente a quella Cesarea di Filippo dove, dalle origini del Giordano di ciascuno, possano sentire nuovamente la domanda di Gesù: “Chi sono io per te?”. La ragione del graduale deteriorarsi che molte volte porta alla morte del discepolo è sempre in un cuore che non può più rispondere: “Tu sei il Cristo, il Figlio di Dio” (cfr Mt 16,13-16). Da qui viene meno il coraggio della irreversibilità del dono di sé, e deriva anche il disorientamento interiore, la stanchezza di un cuore che non sa più accompagnare il Signore nel suo cammino verso Gerusalemme.
Curate specialmente l’itinerario formativo dei sacerdoti, a partire dalla nascita della chiamata di Dio nei loro cuori. La nuova Ratio fundamentalis institutionis sacerdotalis, recentemente pubblicata, è una valida risorsa, ancora da applicare, affinché la Chiesa in Colombia sia all’altezza del dono di Dio che mai ha smesso di chiamare al sacerdozio tanti suoi figli.
Non trascurate, per favore, la vita dei consacrati e delle consacrate. Essi costituiscono lo schiaffo cherigmatico ad ogni mondanità e sono chiamati a bruciare qualsiasi riflusso di valori mondani nel fuoco delle beatitudini vissute sine glossa e nel totale abbassamento di sé stessi nel servizio. Non considerateli come “risorse utili” per le opere apostoliche; piuttosto, sappiate riconoscere in essi il grido dell’amore consacrato della Sposa: «Vieni, Signore Gesù» (Ap 22,20).
Riservate la stessa preoccupazione formativa ai laici, dai quali dipende non solo la solidità delle comunità di fede, ma gran parte della presenza della Chiesa negli ambiti della cultura, della politica, dell’economia. Formare nella Chiesa significa porsi in contatto con la fede vivente della Comunità viva, introdursi in un patrimonio di esperienze e di risposte suscitati dallo Spirito Santo, perché è Lui che insegna tutte le cose (cfr Gv 14,26).
Un pensiero vorrei rivolgere alle sfide della Chiesa in Amazzonia, regione della quale siete giustamente orgogliosi, perché è parte essenziale della meravigliosa biodiversità di questo Paese. L’Amazzonia è per tutti noi una prova decisiva per verificare se la nostra società, quasi sempre ridotta al materialismo e al pragmatismo, è in grado di custodire ciò che ha ricevuto gratuitamente, non per saccheggiarlo, ma per renderlo fecondo. Penso soprattutto all’arcana sapienza dei popoli indigeni dell’Amazzonia e mi domando se siamo ancora capaci di imparare da essi la sacralità della vita, il rispetto per la natura, la consapevolezza che la ragione strumentale non è sufficiente per colmare la vita dell’uomo e rispondere alla ricerca profonda che lo interpella.
Per questo vi invito a non abbandonare a sé stessa la Chiesa in Amazzonia. Il Rafforzamento di un volto amazzonico per la Chiesa che qui è pellegrina è una sfida di tutti voi, che dipende dal crescente e consapevole appoggio missionario di tutte le diocesi colombiane e da tutto il suo clero. Ho ascoltato che in alcune lingue native amazzoniche per riferirsi alla parole “amico” si usa l’espressione “l’altro mio braccio”. Siate pertanto l’altro braccio dell’Amazzonia. La Colombia non la può amputare senza essere mutilata nel suo volto e nella sua anima.
Cari fratelli,
vi invito a rivolgerci spiritualmente alla Madonna del Rosario di Chiquinquirá, la cui immagine avete avuto la delicatezza di portare dal suo Santuario alla magnifica Cattedrale di questa città perché anch’io la potessi contemplare.
Come ben sapete, la Colombia non può dare a sé stessa il Rinnovamento a cui aspira, senza che esso venga concesso dall’alto. Imploriamolo dunque dal Signore, per mezzo della Vergine.
Come a Chiquinquirá Dio ha rinnovato lo splendore del volto di sua Madre, Egli continui a illuminare con la sua luce celeste il volto di questo intero Paese e benedica la Chiesa in Colombia accompagnandola con la sua bontà.
Traduzione in lingua francese
La paix soit avec vous !
C’est ainsi que le Ressuscité a salué son petit troupeau après avoir vaincu la mort ; permettez-moi de vous saluer de la même manière au début de mon voyage.
Je remercie pour vos paroles de bienvenue. Je suis heureux parce que mes premiers pas en ce pays me conduisent à vous rencontrer vous, les évêques de la Colombie, pour embrasser en vous toute l’Église colombienne et pour serrer votre peuple contre mon coeur de Successeur de Pierre. Je vous suis très reconnaissant pour votre ministère épiscopal, que je vous prie de continuer à exercer avec une générosité renouvelée. J’adresse une salutation spéciale aux évêques émérites, en les encourageant à continuer de soutenir, par la prière et par la présence discrète, l’Épouse du Christ pour laquelle il se sont généreusement donnés.
Je viens annoncer le Christ et parcourir en son nom un itinéraire de paix et de réconciliation. Le Christ est notre paix ! Il nous a réconciliés avec Dieu et entre nous !
Je suis convaincu que la Colombie a quelque chose d’original qui attire fortement l’attention : elle n’a jamais été un objectif complètement réalisé, ni une destination totalement atteinte, ni un trésor totalement possédé. Sa richesse humaine, ses ressources naturelles luxuriantes, sa culture, sa synthèse chrétienne lumineuse, le patrimoine de sa foi et la mémoire de ses évangélisateurs, la joie gratuite et inconditionnelle de son peuple, le sourire sans prix de sa jeunesse, sa fidélité originale à l’Évangile du Christ et à son Église et, surtout, son courage indomptable à résister à la mort, non seulement annoncée mais bien des fois semée, tout cela se dérobe, disons se cache, à ceux qui se présentent comme des étrangers avides de s’en accaparer, et en revanche, s’offre généreusement à celui qui touche son coeur par la douceur du pèlerin. C’est ainsi qu’est la Colombie !
C’est pourquoi, comme pèlerin, je m’adresse à son Église. Je suis votre frère, désireux de partager le Christ ressuscité pour qui aucun mur n’est éternel, aucune peur n’est indestructible, aucune blessure n’est incurable.
Je ne suis pas le premier Pape à vous parler chez vous. Deux de mes plus grands prédécesseurs ont été des hôtes ici : le bienheureux Paul VI, qui est venu juste après avoir conclu le Concile Vatican II, pour encourager la réalisation collégiale du mystère de l’Église en Amérique Latine ; et saint Jean-Paul II lors de sa mémorable visite apostolique de 1986. Les paroles de ces deux Papes sont une ressource permanente ; les indications qu’ils ont esquissées et la merveilleuse synthèse qu’ils ont offerte sur notre ministère épiscopal constituent un patrimoine à sauvegarder. Je voudrais que ce que je vais vous dire soit reçu dans la continuité de ce qu’ils ont enseigné.
Gardiens et sacrement du premier pas
«Faire le premier pas» est le thème de ma visite et pour vous aussi, c’est mon premier message. Vous savez bien que Dieu est le Seigneur du premier pas. Il nous devance toujours. Toute l’Écriture Sainte parle de Dieu comme exilé hors de soi par amour. Il en a été ainsi lorsqu’il n’y avait que ténèbres, chaos et, en sortant de lui-même, il a fait en sorte que tout vienne à l’être (cf. Gn 1.2, 4) ; il en a été ainsi lorsqu’il se promenait dans le jardin des origines, se rendant compte de la nudité de sa créature (cf. Gn 3, 8-9) ; il en a été ainsi lorsque, pèlerin, il a logé sous la tente d’Abraham, en lui faisant la promesse d’une fécondité inespérée (cf. Gn 18, 1-10) ; il a en été ainsi lorsqu’il s’est présenté à Moïse en le séduisant, alors qu’il n’avait plus d’autre horizon que de paître les brebis de son beau-père (cf. Ex 3, 1-2) ; il en a été ainsi lorsqu’il n’a pas détourné le regard de sa Jérusalem bien-aimée, même quand elle se prostituait sur le trottoir de l’infidélité (cf. Ez 16, 15) ; il en a été ainsi lorsqu’il a émigré avec sa gloire vers son peuple exilé, en esclavage (cf. Ez 10, 18-19).
Et, à la plénitude des temps, il a voulu révéler le vrai nom du premier pas, de son premier pas. Il s’appelle Jésus et il est un pas irréversible. Il provient de la liberté d’un amour qui précède tout. Car le Fils, lui-même, est l’expression vivante de cet amour. Ceux qui le reconnaissent et l’accueillent reçoivent en héritage le don d’être introduits dans la liberté de pouvoir toujours accomplir en lui le premier pas ; ils n’ont pas peur de se perdre s’ils sortent d’eux-mêmes, car ils ont la garantie de son amour provenant du premier pas de Dieu, une boussole qui leur évite de se perdre.
Préservez donc, avec une crainte et une émotion saintes, ce premier pas de Dieu vers vous et, par votre ministère, vers les personnes qui vous ont été confiées, conscients d’être sacrement vivant de cette liberté divine qui n’a pas peur de sortir d’elle-même par amour, qui n’a pas peur de s’appauvrir tandis qu’elle se donne, qui n’a besoin d’autre force que l’amour.
Dieu nous précède, nous sommes des sarments et non la vigne. Par conséquent, ne taisez pas la voix de celui qui vous a appelés et ne pensez pas que ce soit la somme de vos pauvres vertus ou les compliments des puissants du moment qui assurent le résultat de la mission que Dieu vous a confiée. Au contraire, mendiez dans la prière quand vous ne pouvez pas donner ou vous donner, pour que vous ayez quelque chose à offrir à ceux qui s’approchent constamment de vos coeurs de pasteurs. La prière dans la vie de l’évêque est la sève vitale qui coule dans la vigne, sans laquelle le sarment se flétrit en devenant stérile. Par conséquent, luttez avec Dieu, et plus encore dans la nuit de son absence, jusqu’à ce qu’il vous bénisse (cf. Gn 32, 25-27). Les blessures de cette bataille quotidienne et prioritaire dans la prière seront source de guérison pour vous ; vous serez blessés par Dieu afin d’être capables de guérir.
Rendre visible votre identité de sacrement du premier pas.
De fait, rendre tangible l’identité de sacrement du premier pas de Dieu exigera un exode intérieur continu. « Il n’y a pas de plus grande invitation à l’amour que de devancer ce même amour » (Saint Augustin, De catechizandis rudibus, liber I, 4.7, 26 : PL 40), donc, aucun domaine de la mission épiscopale ne peut faire abstraction de cette liberté de faire le premier pas. La condition pour pouvoir exercer le ministère apostolique est la disponibilité à s’approcher de Jésus en laissant derrière « ce que nous avons été pour être ce que nous n’étions pas » (Saint Augustin, in Psal., 121, 12 : PL 36).
Je vous recommande de veiller non seulement individuellement mais aussi collégialement, dociles à l’Esprit Saint, sur ce point de départ permanent. Sans ce noyau, les traits du Maître languissent sur le visage des disciples, la mission s’embourbe et la conversion pastorale diminue, qui n’est autre que de préserver cette urgence d’annoncer l’Évangile de la joie aujourd’hui, demain et après-demain (cf. Lc 13, 33), diligence qui a dévoré le coeur de Jésus en le laissant sans nid ni abri, uniquement penché sur l’accomplissement jusqu’à la fin de la volonté du Père (cf. Lc 9, 58.62). Quel autre avenir pouvons-nous poursuivre ? A quelle autre dignité pouvons-nous aspirer?
Ne vous mesurez pas avec le mètre de ceux qui voudraient que vous ne soyez qu’une caste de fonctionnaires repliés sur la dictature du présent. Ayez, au contraire, le regard toujours fixé sur l’éternité de celui qui vous a élus, prêts à accueillir le jugement décisif de ses lèvres.
Dans la complexité du visage de cette Église colombienne, il est très important de préserver la singularité de ses forces diverses et légitimes, les sensibilités pastorales, les particularités régionales, les mémoires historiques, les richesses des expériences ecclésiales spécifiques. Pentecôte consciente que tous entendent dans leur propre langue. C’est pourquoi, recherchez avec persévérance la communion entre vous. Ne vous lassez pas de la construire à travers le dialogue franc et fraternel, en condamnant comme la peste les agendas cachés. Empressez-vous de faire le premier pas, l’un vers l’autre. Devancez-vous dans la disponibilité à comprendre les raisons de l’autre. Laissez-vous enrichir par ce que l’autre peut vous offrir et construisez une Église qui offre à ce pays un témoignage éloquent de combien on peut progresser quand on est disposé à ne pas dépendre de quelques-uns. Le rôle des Provinces ecclésiastiques par rapport au message de l’Évangile lui-même est fondamental, car diverses et harmonieuses sont les voix qui le proclament. Pour cela, ne vous contentez pas d’un médiocre engagement minimal qui laisse les résignés dans la tranquille quiétude de leur propre impuissance, en même temps qu’il dompte ces espérances qui exigeraient le courage de se concentrer davantage sur la force de Dieu que sur sa propre fragilité.
Ayez une sensibilité spéciale envers les racines afro-colombiennes de votre peuple, qui ont contribué si généreusement à modeler le visage de ce pays.
Toucher la chair du corps du Christ
Je vous invite à ne pas avoir peur de toucher la chair blessée de votre propre histoire et de l’histoire de votre peuple. Faites-le avec humilité, sans la vaine prétention de protagonisme, et d’un coeur sans partage, libre de toute compromission et de toute servilité. Seul Dieu est Seigneur et nous ne devons soumettre notre âme de pasteur à aucune autre cause.
La Colombie a besoin de votre regard, propre à des évêques, pour la soutenir dans le courage du premier pas vers la paix définitive, la réconciliation, vers le renoncement à la violence comme méthode, vers la suppression des inégalités qui sont la racine de nombreuses souffrances, la renonciation au chemin facile mais sans issue de la corruption, la patiente et persévérante consolidation de la ‘‘res publica’’ qui demande l’éradication de la misère et de l’inégalité.
Il s’agit d’une tâche ardue mais à laquelle on ne peut renoncer, les chemins sont raides et les solutions ne sont pas évidentes. De la hauteur de Dieu, qui est la croix de son fils, vous obtiendrez la force ; avec la petite lumière humble des yeux du Ressuscité, vous parcourrez le chemin ; en écoutant la voix de l’Époux qui susurre dans le coeur, vous recevrez les critères pour discerner à nouveau, dans chaque incertitude, la direction juste.
L’un de vos illustres hommes de lettre a écrit, en parlant de l’un de vos personnages mythiques : « Il n’imaginait pas qu’il était plus facile de commencer une guerre que de la terminer » (Gabriel García Márquez, Cent ans de solitude, chapitres 9). Nous savons tous que la paix exige des hommes un courage moral différent. La guerre suit ce qu’il y a de plus bas dans notre coeur, la paix nous incite à être plus grands que nous-mêmes. Poursuivant, l’écrivain ajoutait : « Il ne comprenait pas qu’il ait fallu beaucoup de mots pour expliquer ce qu’on sentait durant la guerre, si un seul suffisait : la peur » (Ibid. ch. 15). Il n’est pas nécessaire que je vous parle de cette peur, racine empoisonnée, fruit amer et héritage néfaste de chaque conflit. Je voudrais vous encourager à continuer à croire qu’on peut procéder d’une autre manière, en rappelant que vous n’avez pas reçu un esprit d’esclaves pour retomber dans la crainte ; l’Esprit lui-même témoigne que vous êtes des fils destinés à la liberté de la gloire qui vous est réservée (cf. Rm 8, 15-16).
Vous voyez de vos propres yeux et vous connaissez comme peu de personnes la déformation du visage de ce pays ; vous êtes les gardiens des pièces fondamentales qui l’unifient, malgré ses lacérations. C’est précisément pour cela que la Colombie a besoin de vous pour se reconnaître dans son vrai visage, chargé d’espérance en dépit de ses imperfections, pour se pardonner réciproquement malgré les blessures pas tout à fait cicatrisées, pour croire qu’on peut faire un autre chemin même lorsque l’inertie pousse à répéter les mêmes erreurs, pour avoir le courage de surmonter ce qui peut la rendre misérable malgré ses trésors.
Je vous encourage, en effet, à ne pas vous lasser de faire de vos Églises un ventre de lumière, capable de produire, même en souffrant de faim, les nouvelles ressources dont cette terre a besoin. Abritez-vous dans l’humilité de votre peuple pour vous rendre compte de ses ressources humaines secrètes et de sa foi ; écoutez combien son humanité dépouillée aspire à la dignité que seul le Ressuscité peut donner. N’ayez pas peur de sortir de vos certitudes apparentes à la recherche de la vraie gloire de Dieu, qu’est l’homme vivant.
La parole de réconciliation
Beaucoup peuvent contribuer au défi de cette Nation, mais votre mission est singulière. Vous n’êtes ni techniciens ni politiciens, vous êtes des pasteurs. Le Christ est la parole de réconciliation écrite dans vos coeurs et vous avez la force de pouvoir la prononcer, non seulement en chaire, à travers les documents ecclésiaux ou à travers les articles de journaux, mais bien plus dans le coeur des personnes, dans le secret sacré de leurs consciences, dans la chaleur remplie d’espérance qui les attire à l’écoute de la voix du ciel qui proclame « paix aux hommes que Dieu aime » (Lc 2, 14). Vous devez la prononcer avec la fragile, humble, mais invincible ressource de la miséricorde de Dieu, la seule capable de vaincre l’arrogance cynique des coeurs autoréférentiels.
L’Église n’est intéressée par rien d’autre que la liberté de prononcer cette Parole. Les alliances avec une partie ou une autre ne servent pas, mais la liberté de s’adresser aux coeurs de tous. Précisément vous avez là l’autonomie pour inquiéter, vous avez là la possibilité de soutenir un changement de direction.
Le coeur humain, bien des fois dupé, conçoit le projet insensé de faire de la vie une conquête continue d’espaces pour déposer ce qu’il accumule. Précisément ici, il faut que résonne la question : à quoi sert-il de gagner le monde si un vide demeure dans l’âme ? (cf. Mt 16, 26).
À travers vos lèvres de pasteurs légitimes du Christ, tels que vous êtes, la Colombie a le droit d’être interpellée par la vérité de Dieu, qui répète sans cesse : « Où est ton frère ? » (Gn 4, 9). C’est une interrogation, qui ne peut être tue, même quand celui qui l’écoute ne peut que baisser le regard, confus, et balbutier sa propre honte de l’avoir vendu, peut-être au prix d’une dose de stupéfiant ou d’une idée équivoque de raison d’État, peut-être à cause de la fausse conscience que la fin justifie les moyens.
Je vous prie d’avoir le regard toujours fixé sur l’homme concret. Ne servez pas un concept de l’homme, mais la personne humaine aimée par Dieu, faite de chair, d’os, d’histoire, de foi, d’espérance, de sentiments, de déceptions, de frustrations, de souffrances, de blessures ; et vous verrez que ce caractère concret de l’homme démasque les statistiques froides, les calculs manipulés, les stratégies aveugles, les informations falsifiées, en vous rappelant qu’« en réalité, le mystère de l’homme ne s’éclaire vraiment que dans le mystère du Verbe incarné » (Gaudium et spes, n. 22).
Une Église en mission
J’ai conscience du généreux travail pastoral que vous réalisez déjà ; permettez-moi cependant de vous faire part de certaines inquiétudes que je porte dans mon coeur de pasteur, désireux de vous exhorter à être toujours davantage une Église en mission. Mes prédécesseurs ont déjà insisté sur plusieurs de ces défis : la famille et la vie, les jeunes, les prêtres, les vocations, les laïcs, la formation. Ces dernières décennies, malgré l’énorme travail, les réponses pour rendre efficace la maternité de l’Église dans l’enfantement, dans la sustentation et l’accompagnement de ses fils, sont peut-être devenues encore plus difficiles.
Je pense aux familles colombiennes, à la défense de la vie depuis le sein maternel jusqu’à sa fin naturelle, au fléau de la violence et de l’alcoolisme touchant souvent les foyers, à la fragilité du lien matrimonial et à l’absence des parents avec ses conséquences tragiques d’insécurité et qui font des orphelins. Je pense aux nombreux jeunes menacés par le vide de l’âme et entraînés dans la fuite de la drogue, dans le style d’une vie facile, dans la tentation de la subversion. Je pense aux nombreux et généreux prêtres et au défi de les soutenir dans leur option fidèle et quotidienne pour le Christ et pour l’Église, tandis que certains autres continuent de répandre la neutralité confortable de ceux qui ne choisissent rien pour rester dans la solitude avec eux-mêmes. Je pense aux fidèles laïcs répandus dans toutes les Églises particulières, résistant dans l’effort pour se laisser rassembler par Dieu qui est communion, même quand beaucoup proclament le nouveau dogme de l’égoïsme et de la mort de toute solidarité. Je pense à l’immense effort de tous afin d’approfondir la foi et d’en faire une lumière vive pour les coeurs et une lampe pour le premier pas.
Je ne vous apporte pas de recettes ni n’entends vous laisser une liste de tâches. Cependant, je voudrais vous prier de garder la sérénité en réalisant dans la communion votre lourde mission de pasteurs de la Colombie. Vous savez bien que, dans la nuit, le malin continue de semer l’ivraie, mais ayez la patience du Maître du champ, en faisant confiance à la bonne qualité de ses grains. Apprenez de sa longanimité et de sa magnanimité. Ses temps sont longs parce que son regard d’amour est incommensurable. Quand l’amour est ténu, le coeur devient impatient, troublé par l’anxiété de faire des choses, dévoré par la peur d’avoir échoué. Croyez surtout en l’humilité de la semence de Dieu. Faites confiance à la puissance cachée de son levain. Dirigez vos coeurs vers la belle fascination qui attire et fait vendre tout afin de posséder ce trésor divin.
De fait, quoi d’autre pouvez-vous offrir de plus fort à la famille colombienne que la force humble de l’Évangile de l’amour généreux qui unit l’homme et la femme, faisant d’eux une image de l’union du Christ avec son Église, des canaux et des gardiens de la vie ? Les familles ont besoin de savoir que dans le Christ elles peuvent devenir un arbre luxuriant capable d’offrir de l’ombre, de porter du fruit en toute saison de l’année, d’abriter la vie dans ses branches. Ils sont si nombreux aujourd’hui ceux qui rendent hommage aux arbres sans ombre, stériles, aux branches privées de nids. Pour vous, que le point de départ soit le témoignage joyeux que la fidélité se trouve ailleurs.
Que pouvez-vous offrir à vos jeunes ? Ils aiment se sentir aimés, ils se méfient de ceux qui les sous-estiment, ils demandent une cohérence limpide et espèrent être impliqués. Recevez-les, par conséquent, avec le coeur du Christ et ouvrez-leur des espaces dans la vie de vos Églises. Ne prenez part à aucune négociation qui brade leurs espérances. N’ayez pas peur de hausser sereinement la voix pour rappeler à tous qu’une société qui se laisse séduire par le mirage du narcotrafic s’introduit elle-même dans cette métastase morale qui mercantilise l’enfer et sème partout la corruption et, en même temps, engraisse les paradis fiscaux.
Que pouvez-vous offrir à vos prêtres ? Le premier don est celui de votre paternité qui assure que la main qui les a générés et oints ne s’est pas retirée de leurs vies. Nous vivons à l’ère de l’informatique et il ne nous est pas difficile d’atteindre nos prêtres en temps réel par quelque messagerie. Mais le coeur d’un père, d’un évêque, ne peut se contenter de la communication précaire, impersonnelle et externe avec son clergé. L’inquiétude concernant le lieu où vivent ses prêtres ne peut s’éloigner du coeur de l’évêque. Vivent-ils vraiment selon Jésus ? Ou bien se sont-ils inventé d’autres sécurités telles que la stabilité économique, l’ambiguïté morale, la double vie ou l’illusion myope de la carrière ? Les prêtres ont besoin, avec une nécessité et une urgence vitales, de la proximité physique et affective de leur évêque. Ils demandent à sentir qu’ils ont un père.
La fatigue du travail quotidien pèse fréquemment sur les épaules des prêtres. Ils sont en première ligne, continuellement encerclés par des personnes qui, abattues, cherchent en eux le visage du Pasteur. Les gens s’approchent et frappent à la porte de leurs coeurs. Ils doivent donner à manger à la multitude et la nourriture de Dieu n’est jamais une propriété dont on peut simplement disposer. Au contraire, elle ne provient que de l’indigence mise en contact avec la bonté divine.
Congédier la multitude et manger le peu que l’on peut indûment s’approprier est une tentation permanente (cf. Lc 9, 13).
Veillez par conséquent sur les racines spirituelles de vos prêtres. Conduisez-les sans cesse à cette Césarée de Philippe où, à la source du Jourdain de chacun, ils peuvent entendre de nouveau la question de Jésus : Qui suis-je pour toi ? La cause de la détérioration progressive qui, souvent, conduit à la mort du disciple se trouve toujours dans un coeur qui ne peut plus répondre : « Tu es le Christ, le Fils de Dieu » (Cf. Mt 16, 13-16). De là, s’affaiblit le courage de l’irréversibilité du don de soi, et dérive également une désorientation intérieure, la fatigue d’un coeur qui ne sait plus accompagner le Seigneur sur son chemin vers Jérusalem.
Prenez particulièrement soin de l’itinéraire de formation de vos prêtres, depuis la naissance de l’appel de Dieu dans leurs coeurs. La nouvelle Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, récemment publiée, est une précieuse ressource, encore à mettre en pratique, pour que l’Église colombienne soit à la hauteur du don de Dieu qui n’a jamais cessé d’appeler beaucoup de ses fils au sacerdoce.
Ne négligez pas, s’il vous plaît, la vie des hommes consacrés et des femmes consacrées. Ils constituent la gifle kérygmatique à toute la mondanité et sont appelés à brûler toute vague de valeurs mondaines dans le feu des béatitudes vécues sans glose et dans l’abaissement total de soi dans le service. Ne les considérez pas comme des ‘‘ressources utiles’’ pour les oeuvres apostoliques ; sachez plutôt voir en eux le cri de l’amour consacré de l’Épouse : « Viens, Seigneur Jésus » (Ap 22, 20).
Réservez la même préoccupation concernant la formation de vos laïcs, dont dépend non seulement la solidité des communautés de foi, mais aussi une grande partie de la présence de l’Église dans le domaine de la culture, de la politique, de l’économie. Former dans l’Église signifie se mettre en contact avec la foi vivante de la Communauté vivante, s’insérer dans un patrimoine d’expériences et de réponses que suscite l’Esprit Saint, car c’est lui qui enseigne toutes choses (cf. Jn 14, 26).
Je voudrais exprimer une pensée sur les défis de l’Église en Amazonie, région dont, avec raison, vous êtes fiers, car elle est une partie essentielle de la merveilleuse biodiversité de ce pays. L’Amazonie est pour nous tous une preuve décisive pour vérifier si notre société, presque toujours réduite au matérialisme et au pragmatisme, est en mesure de sauvegarder ce qu’elle a reçu gratuitement, non pas pour le dévaliser, mais pour le rendre fécond. Je pense, surtout, à la sagesse cachée des peuples indigènes de l’Amazonie et je me demande si nous sommes encore capables d’apprendre d’eux la sacralité de la vie, le respect de la nature, la conscience du fait qu’à elle seule la raison instrumentale n’est pas suffisante pour combler le vide de l’homme et répondre à ses inquiétudes les plus chargées d’interrogations.
C’est pourquoi je vous invite à ne pas abandonner à elle-même l’Église en Amazonie. La consolidation d’un visage amazonien par l’Église qui pérégrine ici est pour vous tous un défi, qui dépend de l’appui missionnaire grandissant et conscient de tous les diocèses colombiens et de leur clergé tout entier. J’ai entendu que dans certaines langues locales amazoniennes, pour se référer au mot ‘‘ami’’, on utilise l’expression ‘‘mon autre bras’’. Soyez par conséquent l’autre bras de l’Amazonie. La Colombie ne peut l’amputer sans être mutilée dans son visage et dans son âme.
Chers frères,
Je vous invite à présent à vous adresser spirituellement à Notre Dame du Rosaire de Chiquinquira, dont vous avez eu la délicatesse d’apporter l’image, depuis son Sanctuaire, dans la magnifique Cathédrale de cette ville pour que moi aussi je puisse la contempler.
Comme vous le savez bien, la Colombie ne peut se donner à elle-même le vrai Renouveau auquel elle aspire, mais il est accordé d’en haut. Supplions donc le Seigneur par la Vierge.
Tout comme à Chiquinquira Dieu a restauré la splendeur du visage de sa Mère, qu’il continue d’illuminer par sa lumière céleste le visage de tout ce pays et bénisse l’Église de la Colombie par sa compagnie bienveillante.
Traduzione in lingua inglese
Peace be with you
This was the greeting of the Risen Lord to his little flock after he triumphed over death. Let it be my own greeting to you at the beginning of my visit.
Thank you for your words of welcome. I am pleased that my first steps in this country have brought me to meet you, the Colombian bishops. Through you, I embrace the whole Church in Colombia; I hold all your people in my heart, the heart of the Successor of Peter. I am very grateful for your ministry as bishops, and I ask you to carry it out with renewed generosity. I offer a particular greeting to the retired bishops, and I ask them, by their prayers and their discreet presence, to continue to sustain the Bride of Christ to whom they devoted themselves so generously.
I have come to proclaim Christ, and to undertake a journey of peace and reconciliation in his name. Christ is our peace! He has reconciled us with God and with one another!
I am convinced that Colombia has one remarkable feature: it has never been a goal fully attained, a destiny completely achieved, or a treasure totally possessed. I think of the nation’s human riches, its vast natural resources, its culture, its luminous Christian synthesis, the heritage of its faith and the memory of its evangelizers. I think of the irrepressible joy of its people, the unfailing smile of its youth, its characteristic fidelity to the Gospel of Christ and to his Church and, above all, its indomitable courage in resisting threats of death not merely proclaimed but often experienced at first hand. All this recedes, hides itself, from those who come here as foreigners bent on domination, while offering itself freely to those who touch its heart with the meekness of a wayfarer. Such is Colombia.
For this reason, I have come to your Church as a wayfarer, a pilgrim. I am your brother, desirous of sharing the risen Christ for whom no wall is impenetrable, no fear insurmountable, no disease incurable.
I am not the first Pope to speak to you in your home. Two of my great predecessors were your guests here. Blessed Paul VI came immediately after the conclusion of the Second Vatican Council to encourage the collegial realization of the mystery of the Church in Latin America, as did Saint John Paul II in his memorable Apostolic Visit of 1986. The words of both are a lasting resource; the guidelines they set forth, and the marvellous synthesis that they proposed regarding your ministry as bishops, are a legacy to be treasured. I wish that everything I say to you may be received in continuity with their teachings.
Guardians and sacrament of the first step
“Let’s take the first step”. This is the theme of my visit and this is the first thing I would say to all of you. You know very well that God is the Lord of the first step. He constantly goes before us. Sacred Scripture everywhere speaks of God as exiled from himself for love. So it was when there was only darkness, chaos, and God, going forth from himself, brought all things into being (cf. Gen 1:2.4). So it was when he walked in the Garden and saw the nakedness of his creatures (cf. Gen 3:8-9). So it was when, as a pilgrim, he dwelt in the tent of Abraham, leaving him with the promise of an unexpected fertility (cf. Gen 18:1-10). So it was when he appeared to Moses herding the goats of his father-in-law and opened new horizons before him (cf. Ex 3:1-12). So it was when he refused to turn away from his beloved Jerusalem, even when she prostituted herself in the byways of infidelity (cf. Ez 16:15). So it was when he migrated with his glory towards his people exiled in slavery (cf. Ez 10:18-19).

Then, in the fullness of time, God chose to reveal the true name of the first step, his first step. That name is Jesus, and that step is irreversible. It is born of the freedom of a love that precedes all else. For the Son is himself the living expression of that love. Those who acknowledge and accept him receive the freedom always to take, in him, that first step. They have no fear of getting lost if they step out of themselves, for they have the down payment of the love coming from God’s first step, a compass that keeps them from going astray.
Preserve, then, with holy fear and reverence, that first step which God has taken towards yourselves and, through your ministry, towards the people that he has entrusted to your care. Realize that you are a living sacrament of that divine freedom which is unafraid to go forth from itself out of love, that has no fear of being impoverished by surrendering itself and needs no strength other than that of love.
God goes before us. We are only branches, not the vine. So do not silence the voice of the One who has called you, or delude yourselves into thinking that the success of the mission entrusted to you depends on your own meagre virtues or the benevolence of the powers that be. Instead, pray fervently when you have so little to give, so that you will be granted something to offer to those who are close to your hearts as pastors. In the life of a bishop, prayer is the vital sap that passes through the vine, without which the branches wither and bear no fruit. So keep wrestling with God, even more so in the night of his absence, until he gives you his blessing (cf. Gen 32:25-27). The wounds of that important daily wrestling in prayer will be for you a source of healing. You will be healed by God, so that you can in turn bring healing to others.
Show clearly that you are a sacrament of God’s first step
Indeed, showing clearly that you are sacraments of God’s first step will demand a constant interior exodus. “There is no mightier invitation to love than to anticipate in loving” (Saint Augustine, De catechizandis rudibus, I, 4.7, 26: PL 40). Consequently, every area of your episcopal ministry should be marked by the freedom to take the first step. The premise for the exercise of the apostolic ministry is a readiness to draw close to Jesus, leaving behind all that we were, in order to become something we were not (Saint Augustine, In. Psal.,121, 12: PL 36).
I urge you to be vigilant not only as individuals but as a collegial body, ever docile to the Holy Spirit, with regard to this constant point of departure. Where it is lacking, the features of the Master fade from the faces of his disciples, the mission is blocked and there is a weakening of that pastoral conversion which is nothing other than a renewed impulse to preach the Gospel of joy today, tomorrow and the day following (cf. Lk 13:33). That same concern filled the heart of Jesus, leaving him without a place to lay his head, intent only on carrying out to the end the Father’s will (cf. Lk 9:58.62). What other future do we have? To what other dignity can we aspire?
Do not use the yardstick of those who would have you be mere functionaries, bowing to the dictatorship of the present. Instead, keep your gaze fixed on the eternity of the One who chose you, ever ready to accept his own decisive judgment.
While acknowledging the complex reality of the Colombian Church, it is important to preserve the uniqueness of its varied and legitimate strengths, its pastoral sensitivities, its regional peculiarities, its historical memories and its wealth of distinct ecclesial experiences. Pentecost means that everyone ought to be able to hear the message in his or her own language. So continue to seek communion among yourselves. Never tire of building it through frank and fraternal dialogue, avoiding hidden agendas like the plague. Make every effort to take the first step, trying to understand each other’s way of thinking. Allow yourselves to be enriched by what others can offer you and build a Church that can offer this country an eloquent witness of the progress that can be made when things are not left in the hands of a small group. The role of the Ecclesiastical Provinces in relation to the Gospel message is fundamental, for the voices that proclaim that message are diverse and concordant. So do not rest content with a watered-down compromise that leaves the minority quietly impotent while dampening those hopes that should be courageously entrusted to God’s power rather than to our own weak efforts.

Show particular sensitivity towards the Afro-Colombian roots of your people, which have contributed so greatly to shaping the face of this land.
Touching the flesh of Christ’s body
I would ask you not to be afraid to touch the wounded flesh of your own history and that of your people. Do so with humility, without the vain pretension of self-serving activism, and with a heart undivided, free of compromise and servility. God alone is Lord; since we are his shepherds, our hearts must not be subservient to any other cause.
Colombia needs that watchfulness, proper to you as bishops, to sustain its courage in taking the first step towards definitive peace and reconciliation, towards abdicating the method of violence and overcoming the inequalities at the root of so much suffering. That watchfulness is needed for renouncing the easy yet irreversible path of corruption and for patiently persevering in the construction of a res publica capable of combatting poverty and inequality.
This is an arduous but necessary task; the path is steep and the solutions are not easy to find. From the height of God, which is the cross of his Son, you will receive strength; with the kindly gaze of the Risen Lord, you will make your way forward; attentive to the voice of the Bridegroom whispering in your hearts, you will find the criteria to discern anew, at every moment of uncertainty, the right road to take.
One of your distinguished writers said of a certain fictional character of his that, “He did not realize that it is easier to begin a war than to end one” (Gabriel García Márquez, Cien años de soledad, Chapter 9). All of us know that peace calls for a distinct kind of moral courage. War follows the basest instincts of our heart, whereas peace forces us to rise above ourselves. The same author then went on to say: “He did not understand that many words were needed to explain what war was like, if one alone was enough: fear” (ibid., Chapter 15). I need not speak to you about such fear, a poisoned root, a bitter fruit and a painful legacy of every conflict. I would only encourage you not to stop believing that there is another way. Know that you have not received a spirit of slavery to fall back into fear; the Spirit himself bears witness that you are children, destined for an inheritance of glorious freedom (cf. Rom 8:15-16).
With your own eyes you see, and you are aware as are few others, how marred is the face of this country. You are guardians of the basic parts that make the nation one despite all its wounds. For this very reason, Colombia has need of you, so that it can show its true face, filled with hope despite its imperfections. So that it can engage in mutual forgiveness despite wounds not yet completely healed. So that it can believe that another path can be taken, even when force of habit causes the same mistakes to be constantly repeated. So that the courage can be found to overcome everything that generates misery in the midst of so many treasures.
I encourage you, then, to strive to make your Churches wombs of light, capable of giving birth, even amid great poverty, to the new children that this land needs. Find shelter in the humility of your people, and recognize their hidden resources of humanity and faith. Listen to how greatly their ravaged humanity yearns for the dignity that only the Risen Lord can give. Do not be afraid to abandon your apparent certitudes to seek the true glory of God, which is the living man.
The word of reconciliation
Many people can help with the challenges facing this nation, but your mission is unique. You are not mechanics or politicians, but pastors. Christ is the word of reconciliation written on your hearts. You have the power to preach that word not only in pulpits, in ecclesial documents or newspaper articles, but also in the hearts of individual men and women. You have the power to proclaim it in the inner sanctum of their consciences, where they hope to hear the heavenly voice that proclaims: “Peace to those whom God loves” (Lk 2:14). You must speak that word with the frail, lowly yet invincible resource of God’s mercy, which is capable of averting the pride and cynicism of selfish hearts.

The Church seeks only the freedom to speak that word. She has no need for alliances with this or that party, but only the freedom to speak to the heart of every man and woman. There, they are free to face their anxieties; there, they can find the strength to change the course of their lives.
The human heart, so often misled, wants to see life as a vast warehouse for depositing everything it accumulates. For this very reason, the question needs to be put: What does it profit a man to gain the entire world, if his soul remains empty? (cf. Mt 16:26).
From your lips as legitimate shepherds of Christ, Colombia has a right to be challenged by the truth of God, who never ceases to ask: “Where is your brother?” (cf. Gen 4:9). That question may not be silenced, even if those who hear it can do no more than lower their gaze in embarrassment and stammer in shame that they sold him, perhaps for the price of a fix of narcotics or for some misguided notion of reasons of state, or even for the false belief that the end justifies the means.
I ask you to keep your gaze ever fixed on concrete men and women. Do not talk about “man”, but about human persons, loved by God and composed of flesh and bones, history, faith, feelings, disappointments, frustrations, sorrows and hurts. You will see that this concrete approach will unmask cold statistics, twisted calculations, blind strategies and falsified data, and remind you that “only in the mystery of the Word made flesh does the mystery of man truly become clear” (Gaudium et Spes, 22).
A Church on mission
While acknowledging the generous pastoral work that you continue to carry out, let me now share with you some of my heartfelt concerns as a Pastor who wants to encourage you to be more and more a Church on mission. My predecessors have already insisted on a number of these challenges: the family and life, young people, priests, vocations, laity and formation. Despite the enormous efforts that have been made, in recent decades it has become perhaps even harder to find effective ways to express Church’s maternity in begetting, nourishing and accompanying her children.
I think of Colombia’s families, of the defence of life from the maternal womb to its natural conclusion, of the scourge of violence and alcoholism that often affect entire households, of the weakening of the marriage bond and the absence of fathers, with the tragic effects of insecurity and a sense of abandonment. I think of young people threatened by spiritual emptiness and seeking to escape through drug use, frivolous lifestyles and a rebellious spirit. I think of your many generous priests and the challenge of supporting them in their daily decision to remain faithful to Christ and the Church, while some few continue to propose the easy way out, avoiding genuine commitment and remaining isolated and self-centred. I think of the lay faithful throughout your local Churches who continue to gather together in response to the call of God, who is communion, even as many people are proclaiming the new dogma of selfishness and the death of solidarity. I think of the immense efforts made by so many people to grow in faith, making it a radiant light for their hearts and a lamp to guide the first step.
I offer you no recipes, much less do I intend to leave you a list of things to do. Still, I would ask you, as you carry out in communion your demanding mission as the bishops of Colombia, to maintain your serenity. Although you know very well that, during the night, the evil one continues to sow weeds, imitate the patience of the Lord of the harvest and trust in the good quality of his grain. Learn from his patience and generosity. He takes his time, because his loving gaze sees far into the distance. If love grows weak, the heart becomes impatient, anxious to be busy about many things, hounded by the fear of failure. Believe above all in the smallness of God’s seeds. Trust in the power hidden in his yeast. Let your hearts be drawn to the great beauty that leads us to sell everything we have, in order to possess that divine treasure.
Indeed, what more powerful gift can you offer to the Colombian family than the quiet strength of the Gospel of love, that generous love which unites a man and a woman, and makes them an image of Christ’s union with the Church, givers and guardians of life? Families need to know that in Christ they can once more become a luxuriant tree capable of providing shade and bearing fruit in every season, sheltering nests of life in its branches. Nowadays so many people glorify trees that offer no shade, trees that bear no fruit, branches bare of nests. May your own starting point be a joyful witness to the fact that happiness is to be found elsewhere.
What can you offer to young people? They love to feel loved; they distrust those who write them off; they look for integrity and they want to be involved. Accept them with the heart of Christ and make room for them in the life of your Churches. Do not undersell their hopes and expectations. Be fearless in clearly and calmly reminding everyone that a society under the spell of drugs suffers a moral metastasis that peddles hellfire, sows rampant corruption and creates fiscal paradises.
What can you give to your priests? The first gift is to be fathers to them, assuring them that the hand that begot and anointed them continues to be part of their lives. In this digital age, it is not hard for us to reach our priests instantly. Yet the paternal heart of a bishop cannot be content with an occasional, impersonal and formal communication with his priests. A bishop has to be concerned about where and how his priests are living. Are they truly living as Jesus’ disciples? Or have they found other forms of security, like financial stability, moral ambiguity, a double life, or the myopic illusion of careerism? Priests have a vital and urgent need for the physical and affective closeness of their bishop. They need to know that they have a father.
Priests frequently shoulder the burden of the Church’s daily activity. They are in the front lines, continually surrounded by persons with difficulties who look to them for pastoral assistance. People approach them and appeal to their hearts. Priests have to feed the crowds, but God’s food is never something to be merely handed out. On the contrary, it can only come from our own poverty, which encounters God’s bounty. To dismiss the crowds and to feed oneself on the little that one can unduly appropriate is a constant temptation (cf. Lk 9:13).
So be vigilant for the spiritual grounding of your priests. Keep leading them to that Caesarea Philippi where each of them, from his own Jordan experience, can hear Jesus ask once more: Who do you say that I am? The reason for the gradual decay that often leads to the death of discipleship is always to be found in a heart no longer able to answer: “You are the Christ, the Son of God” (cf. Mt 16:13-16). The result is seen in a loss of the courage to give freely of oneself, in interior confusion, and in the weariness of a heart no longer capable of accompanying the Lord on his way to Jerusalem.
Show particular concern for the ongoing formation of your priests, from the first moment they hear God’s call in their hearts. The recently published Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis is a valuable resource whose implementation will help the Church in Colombia in her efforts to respond to the gift of God, who never ceases to call so many of her sons to the priesthood.
I ask you also to show concern for the lives of consecrated men and women. They represent an evangelical rebuke to worldliness. They are called to purify every residue of worldly values in the fire of the Beatitudes lived sine glossa and in total self-abnegation for the service of others. Do not look upon them as “useful resources” for the works of the apostolate, but hear in them the Bride’s cry of consecrated love: “Come, Lord Jesus” (Rev 22:20).
Be concerned too for the formation of your laity, who are responsible not only for the strength of their faith communities, but in great part for the Church’s presence in the area of cultural, political and economic life. Formation in the Church involves coming into contact with the living faith of the ecclesial community and appropriating the treasure of experiences and responses that the Holy Spirit awakens, for he is the one who teaches all things (cf. Jn 14:26).
I would now turn my thoughts to the challenges facing the Church in Amazonia, a region of which you are rightly proud, because it is an essential part of the remarkable biodiversity of this country. Amazonia is for all of us a decisive test whether our society, all too often prey to materialism and pragmatism, is capable of preserving what it freely received, not to exploit it but to make it bear fruit. I think particularly of the profound wisdom of the indigenous peoples of the Amazon region, and I ask myself if we are still capable of learning from them the sacredness of life, respect for nature, and the recognition that technology alone is insufficient to bring fulfilment to our lives and to respond to our most troubling questions.

For this reason, I encourage you not to abandon the Church in Amazonia to itself. Creating an “Amazonian face” for the pilgrim Church in this land is a challenge for all of you; and it calls for an increasingly conscious missionary support on the part of all the dioceses and the entire clergy of the nation. I am told that in some native Amazon languages the idea of “friend” is translated by the words, “my other arm”. May you be the other arm of Amazonia. Colombia cannot amputate that arm without disfiguring its face and its soul.
Dear brothers:
Let us now turn in spirit to Our Lady of the Rosary of Chiquinquirá, whose image you were thoughtful enough to bring from her Shrine to the magnificent Cathedral of this city, so that I too might venerate her.
As you well know, Colombia cannot achieve that true renewal to which she aspires, unless it is granted from on high. Let us ask this of the Lord through the Blessed Virgin.
Just as in Chiquinquirá God renewed the splendour of the countenance of his Mother, may he continue to shine his heavenly light on the face of this entire country and accompany the Church in Colombia with his gracious blessings.

Traduzione in lingua portoghese
A paz esteja convosco!
Assim o Ressuscitado saudou o seu pequeno rebanho depois de ter vencido a morte; permiti que vos saúde do mesmo modo, no início da minha viagem.
Agradeço as palavras de boas-vindas. Estou feliz porque os primeiros passos que dou neste país me levam a encontrar-vos, Bispos da Colômbia, e, em vós, abraçar toda a Igreja colombiana e estreitar o vosso povo ao meu coração de Sucessor de Pedro. Agradeço-vos imenso pelo vosso ministério episcopal, pedindo-vos para continuardes a exercê-lo com renovada generosidade. Dirijo uma saudação particular aos Bispos eméritos, encorajando-os a continuarem a apoiar, com a oração e a presença discreta, a Esposa de Cristo à qual generosamente se entregaram.
Venho anunciar Cristo e, em seu nome, realizar um caminho de paz e reconciliação. Cristo é a nossa paz! Reconciliou-nos com Deus e entre nós!
Estou convencido de que a Colômbia possui algo de original que chama fortemente a atenção: nunca foi uma meta completamente realizada, um destino completamente alcançado, nem um tesouro totalmente possuído. A sua riqueza humana, os seus abundantes recursos naturais, a sua cultura, a sua luminosa síntese cristã, o património da sua fé e a memória dos seus evangelizadores, a alegria espontânea e sem reservas do seu povo, o sorriso impagável da sua juventude, a sua original fidelidade ao Evangelho de Cristo e à sua Igreja e sobretudo a sua coragem indómita de resistir à morte, não só anunciada, mas muitas vezes semeada. E tudo isto se subtrai – digamos que se esconde – àqueles que se apresentam como forasteiros ávidos de a subjugar, ao passo que se oferece generosamente a quem toca o seu coração com a mansidão do peregrino. A Colômbia é assim.
Por isso, como peregrino, me dirijo à vossa Igreja. Sou vosso irmão, desejoso de partilhar Cristo ressuscitado, para Quem nenhum muro é eterno, nenhum medo é indestrutível, nenhuma chaga é incurável.
Não sou o primeiro Papa que vos fala na vossa casa. Dois dos meus maiores Predecessores foram hóspedes aqui: o Beato Paulo VI, que veio pouco depois da conclusão do Concílio Vaticano II para encorajar a realização colegial do mistério da Igreja na América Latina; e São João Paulo II, na sua memorável visita apostólica de 1986. As palavras de ambos constituem um recurso permanente: as indicações que delinearam e a síntese maravilhosa que ofereceram sobre o nosso ministério episcopal constituem um património a preservar. Aquilo que eu vos disser, gostaria que fosse recebido em continuidade com o que eles ensinaram.

Guardiões e sacramento do primeiro passo
«Dar o primeiro passo» é o lema da minha visita e constitui também a minha primeira mensagem para vós. Bem sabeis que Deus é o Senhor do primeiro passo. Ele sempre nos antecede. Toda a Sagrada Escritura fala de Deus como exiliado de Si mesmo por amor. Foi assim quando só havia trevas, caos e, saindo de Si mesmo, fez com que tudo viesse à existência (cf. Gn 1, 1 – 2, 4); foi assim quando Ele, ao passear no jardim das origens, Se deu conta da nudez da sua criatura (cf. Gn 3, 8-9); foi assim quando Ele, peregrino, parou na tenda de Abraão, deixando-lhe a promessa duma inesperada fecundidade (cf. Gn 18, 1-10); foi assim quando Se apresentou a Moisés fascinando-o, a ele que não tinha outro horizonte além de pastorear as ovelhas do seu sogro (cf. Ex 3, 1-2); foi assim quando não desviou o olhar da sua amada Jerusalém, mesmo se ela se prostituía no caminho da infidelidade (cf. Ez 16, 15); foi assim quando emigrou com a sua glória para o meio do seu povo exilado na escravidão (cf. Ez 10, 18-19).
E, na plenitude do tempo, quis revelar o verdadeiro nome do primeiro passo, do seu primeiro passo. Chama-se Jesus e é um passo irreversível. Provém da liberdade de um amor que precede tudo. Porque o Filho, Ele mesmo, é a expressão viva desse amor. Aqueles que O reconhecem e acolhem, recebem em herança o dom de ser introduzidos na liberdade de poderem realizar, sempre n’Ele, esse primeiro passo, não têm medo de se perder se saem de si mesmos, porque possuem a garantia do amor que deriva do primeiro passo de Deus, uma bússola que não os deixa perder-se.
Por isso guardai, com santo temor e emoção, aquele primeiro passo de Deus rumo a vós e, pelo vosso ministério, rumo ao povo que vos está confiado, na certeza de ser sacramento vivo daquela liberdade divina que não tem medo de sair de si mesma por amor, que não teme empobrecer quando se dá, que não precisa de outra força além do amor.
Deus precede-nos: somos ramos e não a videira. Portanto, não silencieis a voz d’Aquele que vos chamou, nem vos iludais de que sejam a soma das vossas pobres virtudes ou os elogios dos poderosos de turno que asseguram o resultado da missão que Deus vos confiou. Ao contrário, mendigai na oração quando não puderdes dar nem dar-vos, para terdes algo a oferecer àqueles que constantemente se aproximam do vosso coração de Pastores. A oração na vida do Bispo é a seiva vital que passa através da videira, sem a qual o ramo murcha tornando-se infrutífero. Por isso, lutai com Deus – e mais ainda na noite da sua ausência – até que Ele vos abençoe (cf. Gn 32, 25-27). As feridas desta batalha diária e prioritária na oração serão fonte de cura para vós; sereis feridos por Deus para vos tornardes capazes de curar.
Tornar visível a vossa identidade de sacramento do primeiro passo de Deus
Na verdade, tornar palpável a identidade de sacramento do primeiro passo de Deus exigirá um êxodo interior contínuo. «De facto não há convite para amar mais eficaz do que ser os primeiros a amar» (Santo Agostinho, De catechizandis rudibus, I, 4.7, 26: PL 40), pelo que nenhum campo da missão episcopal pode prescindir desta liberdade de realizar o primeiro passo. A condição que torna possível o exercício do ministério apostólico é a prontidão em nos aproximarmos de Jesus, deixando para trás «o que fomos, para podermos ser o que não éramos» (Idem, Enarratio in Psalmos, 121, 12: PL 36).
Recomendo-vos que vigieis, individual e colegialmente, dóceis ao Espírito Santo, sobre este ponto de partida permanente. Sem este núcleo, definham os traços do Mestre no rosto dos discípulos, a missão bloqueia-se e diminui a conversão pastoral, que mais não é do que dar resposta à urgência do anúncio do Evangelho da alegria hoje, amanhã e no dia seguinte (cf. Lc 13, 33), solicitude que devorou o coração de Jesus, deixando-O sem ninho nem abrigo, entregue unicamente à realização até ao fim da vontade do Pai (Lc 9, 58.62). Que outro futuro podemos perseguir? A que outra dignidade podemos aspirar?
Não vos meçais com o metro daqueles que quereriam que fósseis apenas uma casta de funcionários submetidos à ditadura do presente. Ao contrário, mantende o olhar sempre fixo na eternidade d’Aquele que vos escolheu, prontos a receber o julgamento decisivo dos seus lábios.
Na complexidade do rosto desta Igreja colombiana, é muito importante preservar a singularidade das suas diferentes e legítimas forças, as sensibilidades pastorais, as peculiaridades
regionais, as memórias históricas, as riquezas das peculiares experiências eclesiais. O Pentecostes permite que todos escutem na própria língua. Por isso, procurai com perseverança a comunhão entre vós. Nunca vos canseis de a construir através do diálogo franco e fraterno, condenando como uma peste os projetos escondidos. Sede solícitos a dar o primeiro passo, de um para o outro. Antecipai-vos na disponibilidade a compreender as razões do outro. Deixai-vos enriquecer com aquilo que o outro vos pode oferecer e construí uma Igreja que ofereça a este país um testemunho eloquente de quanto se pode progredir quando se está disposto a não ficar nas mãos de poucos. O papel das Províncias Eclesiásticas relativamente à própria mensagem evangelizadora é fundamental, porque as vozes que a proclamam são diversas e harmonizadas. Por isso não vos contenteis com um medíocre compromisso mínimo, que deixe os resignados na tranquila quietude da sua impotência, enquanto se domesticam aquelas esperanças que precisariam da coragem de ser fundadas mais na força de Deus do que na própria debilidade.
Reservai uma sensibilidade particular às raízes afro-colombianas do vosso povo, que tão generosamente têm contribuído para desenhar o rosto desta terra.
Tocar a carne do corpo de Cristo
Convido-vos a não ter medo de tocar a carne ferida da vossa história e da história do vosso povo. Fazei-o com humildade, sem a vã pretensão de protagonismo mas com o coração indiviso, livre de comprometimentos ou servilismos. Só Deus é o Senhor e, a nenhuma outra causa, se deve submeter a nossa alma de Pastores.
A Colômbia precisa da vossa visão, própria de Bispos, a fim de a apoiar na coragem do primeiro passo para a paz definitiva, a reconciliação, o repúdio da violência como método, a superação das desigualdades que são a raiz de tantos sofrimentos, a renúncia ao caminho fácil mas sem saída da corrução, a consolidação paciente e perseverante da res publica que requer a superação da miséria e da desigualdade.
Trata-se duma tarefa árdua mas irrenunciável: os caminhos são íngremes e as soluções não são óbvias. Da altura de Deus, que é a cruz do seu Filho, obtereis a força; com a luzinha humilde dos olhos do Ressuscitado, percorrereis o caminho; escutando a voz do Esposo que sussurra ao coração, recebereis os critérios para discernir de novo, em cada incerteza, a justa direção.
Um dos vossos ilustres literatos escreveu, referindo-se a um dos seus personagens míticos: «Não imaginava que fosse mais fácil começar uma guerra do que terminá-la» (Gabriel García Márquez, Cem Anos de Solidão, cap. 9). Todos sabemos que a paz exige dos homens uma coragem moral peculiar. A guerra deriva de quanto há de mais baixo no nosso coração; ao contrário, a paz impele-nos a ser maiores do que nós mesmos. Em seguida, o escritor acrescentava: «Não pensava que seriam precisas tantas palavras para explicar o que se sentia na guerra; na realidade, bastava uma só: medo» (Ibid., cap. 15). Não é necessário que vos fale de tal medo, raiz envenenada, fruto amargo e herança nefasta de todo o conflito. Desejo encorajar-vos a continuar a acreditar que se pode agir doutra maneira, lembrando que não recebestes um espírito de escravos para recair no temor; o próprio Espírito atesta que sois filhos destinados à liberdade da glória que lhes está reservada (cf. Rm 8, 15-16).
Com os vossos próprios olhos, vedes e conheceis, como poucos, a deformação do rosto deste país; sois guardiões dos elementos fundamentais que o tornam uno, apesar das suas lacerações. Por isso mesmo, a Colômbia precisa de vós para se reconhecer no seu verdadeiro rosto cheio de esperança não obstante as suas imperfeições, para se perdoarem uns aos outros não obstante as feridas ainda não totalmente cicatrizadas, para acreditar que se pode percorrer outro caminho mesmo quando a inércia impele a repetir os mesmos erros, para ter a coragem de superar tudo aquilo que a pode fazer miserável não obstante os seus tesouros.
Encorajo-vos, pois, a que não vos canseis de fazer de cada uma das vossas Igrejas um ventre de luz, capaz de gerar, mesmo sofrendo a pobreza, as novas criaturas de que esta terra necessita. Refugiai-vos na humildade do vosso povo para vos dardes conta dos seus secretos recursos humanos e de fé, escutai quanto a sua espoliada humanidade brama pela dignidade que só o

Ressuscitado pode conferir. Não tenhais medo de emigrar das vossas aparentes certezas à procura da verdadeira glória de Deus, que é o homem vivo.
A palavra da reconciliação
Muitos podem dar a sua contribuição para os desafios desta nação, mas a vossa missão é peculiar. Não sois técnicos nem políticos; sois Pastores. Cristo é a palavra de reconciliação escrita nos vossos corações e tendes a força para a poder pronunciar nos púlpitos, nos documentos eclesiais ou nos artigos dos periódicos, e mais ainda no coração das pessoas, no santuário secreto das suas consciências, na ardente esperança que os atrai quando escutam a voz do céu que proclama: «Glória a Deus nas alturas e paz na terra aos homens do seu agrado» (Lc 2, 14). Deveis pronunciá-la com o recurso frágil, humilde mas invencível da misericórdia de Deus, a única capaz de abater o orgulho cínico dos corações autorreferenciais.
À Igreja, a única coisa que lhe interessa é a liberdade de pronunciar esta Palavra. Não servem alianças com uma parte ou com a outra, mas a liberdade de falar ao coração de todos. É precisamente aqui que tendes a autonomia de desinquietar, a possibilidade de sustentar uma inversão de rota.
O coração humano, muitas vezes iludido, concebe o projeto insensato de fazer da vida um aumento contínuo de espaços para depositar o que acumula. É precisamente aqui que é necessário que ressoe a pergunta: Que aproveita ganhar o mundo inteiro, se fica o vazio na alma (cf. Mt 16, 26)?
Pelos vossos lábios de legítimos Pastores de Cristo, que sois, a Colômbia tem o direito de ser interpelada pela verdade de Deus, que repete continuamente: «Onde está o teu irmão?» (Gn 4, 9). É um interrogativo que não pode ser silenciado, mesmo quando o ouvinte não mais pode fazer que baixar o olhar, confundido, e balbuciar a sua própria vergonha por tê-lo vendido, quem sabe, pelo preço dalguma dose de estupefaciente ou por alguma equívoca conceção de Estado, talvez pela consciência errada de que o fim justifica os meios.
Peço-vos para manterdes o olhar sempre fixo no homem concreto. Não sirvais um conceito de homem, mas a pessoa humana amada por Deus, feita de carne e osso, história, fé, esperança, sentimentos, deceções, frustrações, dores, feridas, e vereis que esta visão concreta do homem desmascara as estatísticas frias, os cálculos manipulados, as estratégias cegas, as informações falseadas, lembrando-vos de que, «na realidade, o mistério do homem só no mistério do Verbo encarnado se esclarece verdadeiramente» (Gaudium et spes, 22).
Uma Igreja em missão
Tendo em conta o generoso trabalho pastoral que já realizais, deixai que vos apresente alguns anseios que trago no meu coração de Pastor, movido pelo desejo de vos exortar a ser cada vez mais uma Igreja em missão. Os meus Predecessores já insistiram sobre alguns destes desafios: a família, a vida, os jovens, os sacerdotes, as vocações, os fiéis-leigos, a formação. Os decénios transcorridos, apesar do enorme trabalho realizado, talvez tenham tornado ainda mais fadigosas as respostas para tornar a maternidade da Igreja eficaz na geração, nutrição e acompanhamento dos seus filhos.
Penso nas famílias colombianas, na defesa da vida desde o ventre materno até ao seu termo natural, na praga da violência e do alcoolismo difusa tantas vezes nas famílias, na fragilidade do vínculo matrimonial e na ausência do pai de família com as suas trágicas consequências de insegurança e orfandade. Penso em tantos jovens ameaçados pelo vazio da alma e arrastados pela evasão da droga, pelo estilo de vida fácil ou pela tentação subversiva. Penso nos numerosos e generosos sacerdotes e no desafio de os apoiar na opção fiel e diária por Cristo e pela Igreja, enquanto alguns outros continuam a viver a cómoda neutralidade de quem não opta por nada para ficar na solidão de si mesmo. Penso nos fiéis-leigos espalhados por todas as Igrejas particulares, perseverando fadigosamente para se deixar congregar por Deus, que é comunhão, mesmo quando não poucos proclamam o novo dogma do egoísmo e da morte de toda a solidariedade. Penso no esforço imenso de todos por aprofundar a fé e torná-la luz viva para os corações e lâmpada para dar o primeiro passo.
Não vos trago receitas nem quero deixar-vos uma lista de tarefas. No fundo, gostaria de vos pedir que, realizando em comunhão a vossa gravosa missão de Pastores na Colômbia, conserveis a serenidade. Bem sabeis que, de noite, o maligno continua a semear o joio, mas tende a paciência do Senhor do campo, confiando na boa qualidade das vossas sementes. Aprendei com a sua longanimidade e magnanimidade. Os seus tempos são longos, porque é incomensurável o seu olhar de amor. Quando o amor é reduzido, o coração torna-se impaciente, turbado pela ânsia de fazer coisas, devorado pelo medo de ter falido. Sobretudo acreditai na humildade da semente de Deus. Confiai na força oculta do seu fermento. Orientai o coração para aquele fascínio estupendo que atrai e leva a vender tudo para se possuir este tesouro divino.
De facto, que podeis oferecer de mais forte à família colombiana do que a força humilde do Evangelho do amor generoso que une o homem e a mulher, constituindo-os imagem da união de Cristo com a sua Igreja, transmissores e guardiões da vida? As famílias precisam de saber que, em Cristo, podem tornar-se árvores frondosas capazes de oferecer sombra, dar fruto em todas as estações do ano, abrigar a vida entre os seus ramos. Hoje há muitos que prestam homenagem a árvores sem sombra, infecundas, ramos desprovidos de ninhos. Quanto a vós, o ponto de partida seja o testemunho alegre de que a felicidade está noutro lugar.
Que podeis oferecer aos vossos jovens? Eles querem sentir-se amados, desconfiam de quem os desvaloriza, pedem coerência clara e esperam que os empenhem. Acolhei-os, pois, com o coração de Cristo e abri-lhes espaço na vida das vossas Igrejas. Não participeis em qualquer conluio que lese as suas esperanças. Não tenhais medo de levantar serenamente a voz, para lembrar a todos que uma sociedade, que se deixe seduzir pela miragem do narcotráfico, arrasta aquela metástase moral que mercantiliza o inferno e semeia a corrução por toda a parte e, ao mesmo tempo, engorda os paraísos fiscais.
Que podereis dar aos vossos sacerdotes? O primeiro dom é o da vossa paternidade, garantindo-lhes que a mão que os gerou e ungiu não se retirou da sua vida. Vivemos na era da informática e não vos será difícil alcançar os vossos sacerdotes em tempo real, através de algum programa de mensagens. Mas o coração dum pai, dum Bispo, não se pode limitar a uma comunicação precária, impessoal e externa com o seu presbitério. Não pode desaparecer do coração do Bispo a preocupação pela vida que levam os seus sacerdotes. Vivem verdadeiramente segundo Jesus? Ou improvisaram outras seguranças, como a estabilidade económica, a ambiguidade moral, a vida dupla ou a aspiração míope pela carreira? Os sacerdotes carecem, com vital e urgente necessidade, da proximidade física e afetiva do seu Bispo. Precisam de sentir que têm um pai.
Sobre as costas dos sacerdotes, pesa frequentemente a fadiga do trabalho diário da Igreja. Encontram-se na vanguarda, continuamente circundados de pessoas que, abatidas, procuram neles o rosto do Pastor. As pessoas aproximam-se e batem à porta do seu coração. Eles devem dar de comer às multidões, e o alimento de Deus não é jamais uma propriedade da qual se possa dispor incondicionalmente. Pelo contrário, provém apenas da indigência posta em contacto com a bondade divina. Despedir a multidão e alimentar-se do pouco que cada um possa indevidamente apropriar-se é uma tentação permanente (cf. Lc 9, 12-13).
Por isso, vigiai sobre as raízes espirituais dos vossos sacerdotes. Conduzi-los continuamente até àquela Cesareia de Filipe, onde possam, desde as origens do Jordão de cada um, escutar de novo a pergunta de Jesus: «Para ti, Quem sou Eu?» A razão do gradual deterioramento, que muitas vezes leva à morte do discípulo, está sempre num coração que já não pode responder: «Tu és o Messias, o Filho de Deus vivo» (cf. Mt 16, 13-16). A partir disso, esmorece a coragem da irreversibilidade do dom de si mesmo e deriva também a desorientação interior, o cansaço dum coração que já não sabe acompanhar o Senhor no seu caminho para Jerusalém.
De modo especial cuidai do itinerário de formação dos vossos sacerdotes, desde o nascimento da chamada de Deus nos seus corações. A nova Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis, recentemente publicada, constitui um recurso valioso, à espera de aplicação, para que a Igreja na Colômbia esteja à altura do dom de Deus que nunca cessou de chamar muitos dos seus filhos ao sacerdócio.
Não transcureis, por favor, a vida dos consagrados e consagradas. Constituem o safanão querigmático a todo o mundanismo, sendo chamados a queimar qualquer refluxo de valores mundanos no fogo das Bem-aventuranças vividas sine glosa e no total abaixamento de si mesmos no serviço. Não os considereis como «recursos úteis» para as obras apostólicas; antes, sabei reconhecer neles o grito do amor consagrado da Esposa: «Vem, Senhor Jesus!» (Ap 22, 20).
A mesma preocupação formadora deve ser reservada aos fiéis-leigos, de quem depende não só a solidez das comunidades de fé, mas também grande parte da presença da Igreja nos campos da cultura, da política, da economia. Formar na Igreja significa pôr-se em contacto com a fé ardente da comunidade viva, penetrar num património de experiências e respostas suscitadas pelo Espírito Santo, porque é Ele que ensina todas as coisas (cf. Jo 14, 26).
Gostaria de dedicar um pensamento aos desafios da Igreja na Amazónia, uma região da qual justamente vos sentis orgulhosos, porque é parte essencial da maravilhosa biodiversidade deste país. A Amazónia constitui, para todos nós, um teste decisivo para verificar se a nossa sociedade, quase sempre confinada no materialismo e no pragmatismo, está em condições de salvaguardar o que recebeu gratuitamente, não para o espoliar, mas para o fazer frutificar. Penso sobretudo na arcana sabedoria dos povos indígenas da Amazónia, interrogando-me se ainda somos capazes de aprender deles a sacralidade da vida, o respeito pela natureza, a consciência de que a razão instrumental não é suficiente para colmar a vida do homem e dar resposta aos seus interrogativos mais inquietantes.
Por isso, convido-vos a não abandonar a si mesma a Igreja na Amazónia. A consolidação dum rosto amazónico para a Igreja que peregrina aqui é um desafio para todos vós, que depende do crescente e consciencioso apoio missionário de todas as dioceses colombianas e de todo o seu clero. Ouvi dizer que, nalgumas línguas nativas da Amazónia, para referir a palavra «amigo», usa-se a expressão «o outro meu braço». Sede, pois, o outro braço da Amazónia. A Colômbia não a pode amputar, sem ficar mutilada no seu rosto e na sua alma.
Queridos irmãos!
Convido-vos agora a voltarmo-nos espiritualmente para Nossa Senhora do Rosário de Chiquinquirá, cuja imagem tivestes a delicadeza de trazer do seu Santuário até à magnífica Catedral desta cidade para que também eu a pudesse contemplar.
Como bem sabeis, a Colômbia não pode conseguir por si mesma a verdadeira Renovação por que aspira, mas é-lhe concedida do Alto. Então supliquemo-la ao Senhor, por intermédio da Virgem Nossa Senhora.
Da mesma forma que, em Chiquinquirá, Deus renovou o esplendor do rosto da sua Mãe, assim continue a iluminar, com a sua luz celeste, o rosto deste país inteiro e abençoe a Igreja na Colômbia com a sua benévola companhia.
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Al termine dell’incontro, dopo aver salutato individualmente i Cardinali e gli Arcivescovi e, dopo le foto di gruppo, Papa Francesco rientra in auto alla Nunziatura Apostolica di Bogotá.