mercoledì 17 maggio 2017

El Mundo
(Fernando Palmero) Presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación desde 2005, este teólogo extremeño que se trasladó a vivir a Milán no se resigna a reducir el malestar que se ha instalado en la vida de los europeos a una cuestión económica. «Lo que está en juego en la actualidad», ha escrito en ‘La belleza desarmada’ (Encuentro, 2016), «es el hombre, su razón, su libertad, incluida la libertad de tener una razón crítica».Coincide Julián Carrón con las afirmaciones de Benedicto XVI sobre el origen cristiano de los valores que, desde la Ilustración, han hecho posible la civilización europea. Y también con el diagnóstico de su quiebra en un momento en el que la clave de la condición humana en Occidente es el «desmoronamiento de las evidencias que durante siglos fundaron nuestra convivencia». La búsqueda de una «certeza tranquilizadora, que nadie pueda contestar independientemente de todas las diferencias, ha fracasado», se lamentaba en 2005 en Subiaco el entonces cardenal Ratzinger. «Ni siquiera el esfuerzo realmente grandioso de Kant fue capaz de crear la necesaria certeza compartida (...) El intento, llevado hasta el extremo, de plasmar las cosas humanas prescindiendo completamente de Dios nos lleva cada vez más a los límites del abismo, al encerramiento total del hombre», concluía. «Asistimos de este modo», apostilla Carrón en La belleza desarmada, una obra cargada de erudición y reflexión ética que indaga en las raíces de la crisis actual, «a una singular y significativa inversión de los términos: esa distancia radical de la filosofía ilustrada con respecto a sus raíces cristianas, que tenía que asegurar una plena y autónoma afirmación del hombre, ‘deriva, en última instancia, en un menosprecio del hombre’».
Pregunta.– Insiste usted en su obra en que las causas de esta crisis no son sólo económicas.
Respuesta.– Hemos atravesado otras crisis económicas en las últimas décadas y no nos han llevado a este intento de cerrarnos sobre nosotros mismos. Reducirlo todo a razones económicas es demasiado simplista. Estamos delante de una crisis más profunda. El Papa lo llama un cambio de época, porque en los últimos siglos no ha habido unos cambios de tanta profundidad. Los valores que constituyen el mundo occidental, la libertad, el progreso, la libertad de conciencia, la posibilidad de que cada uno pueda decidir sobre su propio destino, la solidaridad, la fraternidad... empiezan a no ser evidentes y la cuestión es saber qué es lo que aún compartimos, sobre qué bases podemos fundar nuestra convivencia en Europa y en el mundo.
P.–En Francia, un 50% votó en la primera vuelta a opciones antisistema y en la segunda, un 35% refrendó el discurso racista de Le Pen, ¿es esto un síntoma?
R.– Hace sólo cinco años nadie hubiera podido imaginar este resultado. Lo que ha ocurrido en Francia es una reacción de miedo, los que han votado por Le Pen piensan que de esa forma pueden defender mejor «lo nuestro», como si la solución fuera crear nuevos muros defensivos en vez de pensar qué es lo que nos ha llevado a esta situación. Como decía Bauman, lo que parecía un pilar absolutamente imposible de derrumbar como la democracia ha empezado a cuestionarse.
P.–¿A qué se debe esa deriva nacionalista que sufrimos también aquí y que pone en cuestión a la UE?
R.– El origen es el mismo. Los problemas que estamos abordando son de tal naturaleza que sólo afrontándolos juntos podremos resolverlos. Todos sabemos que ciertas cosas de la UE no han funcionado como hubiéramos querido, sería un error no reconocerlo. Pero me parece que aislarnos no es la solución y en un contexto histórico tan globalizado creo que es una ingenuidad. Como dice Hannah Arendt, las crisis tienen la ventaja de que nos hacen volver al desafío de las preguntas, y ya no podemos dar respuestas prefabricadas. Una crisis es una ocasión para crear espacios de diálogo y establecer lugares donde escucharnos y no para hacer prevalecer nuestra presunción.
P.–¿El terrorismo islámico ha contribuido al debilitamiento del proyecto europeo?
R.– Oliver Roy, en Francia, ha dado una interpretación que tiene en cuenta la raíz última de este tipo de terrorismo. Pensamos en el terrorista como si fuera un radical islámico, pero la mayor parte de las veces se trata de un emigrante de segunda generación, sin respeto hacia los preceptos del islam, que ha estado en prisión y que ha sufrido una radicalización imprevista. Son personas con problemas, delincuentes que se han convertido en musulmanes y han encontrado una justificación a problemas que ya tenían. Pero es la falta de una razón última para vivir la que lleva a mucha gente a optar por posiciones violentas, porque es la destrucción de lo humano lo que está en el origen de la crisis actual. Pueden ser personas que acaban de llegar o de segunda generación, pero que no se adaptan, como muchos hijos de nuestras familias. Por eso, aunque los expulsásemos a todos, no solucionaríamos nada, porque el problema no nos lo crean ellos, ellos ponen de manifiesto el problema que ya tenemos.
P.–Hay quien piensa que para luchar contra el yihadismo es necesario un rearme moral de Occidente. Usted sin embargo, propone «la belleza desarmada», ¿no tiene algo de utópico e ingenuo?
R.–. El rearme moral es una nueva forma de imposición. Cuando un chico llega a clase con una barra de hierro en la mochila, la única forma de que abandone sus instintos agresivos es desafiarlo con una forma de vida que le seduzca y que sea más atractiva que la violencia. Este es el único rearme moral que desarma. No creo en ningún otro. Lo demás son relaciones de poder. Hay dos opciones: o creamos Estados policiales, para cuya defensa viviremos siempre bajo el temor de los otros, o Estados abiertos donde haya espacios para descubrir aquello por lo que merece la pena vivir.
P.–Pero hay también razones internacionales, como la guerra entre chiítas y sunitas.
R.– Sí, pero debemos tener en cuenta que los grandes cambios que se han producido en Oriente Medio han sido por guerras importadas. No es que queramos decir que Sadam Husein era un santo, pero después de todo lo que ha pasado, los iraquíes no están mejor. Y es cierto que esto puede ofrecer a algunos una cobertura para usar la religión como ratificación de la violencia, para poder justificar lo que es injustificable.
P.–El hecho de que el islam no haya tenido una Ilustración como ocurrió con el cristianismo, ¿no dificulta que los países árabes accedan a la democracia?
R.– Me parece que sí, y esto nos hace darnos cuenta de la ingenuidad que supone querer exportar la democracia, que es un bien occidental y ha sido el resultado de un larguísimo proceso de creación social, cultural y humana. Benedicto XVI ha reconocido que cuando la Iglesia se ha convertido en religión del Estado ha sido la Ilustración la que nos ha recordado a los cristianos que se había distorsionado la función religiosa. Y ese recorrido tienen que hacerlo todas las religiones y todas las culturas para que cada persona, independientemente de sus creencias, pueda acceder a la verdad sin ningún tipo de constricción. Como decía Charles Péguy, una verdad que no fuera aceptada libremente ¿a quién podría interesar?
P.–¿Por qué el cristianismo, o la Iglesia en concreto, genera en ciertos sectores sociales tanto rechazo?
R.– Esta es una pregunta que los cristianos debemos hacernos, como hacía T. S. Eliot: ¿es la Iglesia la que ha abandonado a la Humanidad o es la Humanidad la que ha abandonado a la Iglesia? Es el gran desafío al que quiso responder el Vaticano II, que, con el decreto sobre la libertad religiosa, entre otros, profundizó en la naturaleza de la verdad, en la naturaleza de la fe cristiana, que no necesita de otra fuerza que la evidencia de la belleza. Si esto no es así y el cristianismo se convierte en un entramado de costumbres y de hábitos en los que no se siente la necesidad de desafiar al otro con la belleza de algo que le atraiga, el cristianismo no tendrá nada que hacer.
P.–También se acusa a la Iglesia, desde la Transición, de disfrutar de privilegios, ¿cree que es así?
R.– Yo no soy historiador y era joven en aquellos años, pero es obvio que sin el cambio que tuvo lugar dentro de la Iglesia con la llegada del Vaticano II habría sido más difícil la Transición pacífica, que fue un intento por parte de todos de reconocer que no podíamos vivir sin los otros. Cuando esto se pierde de vista y presuntuosamente pensamos que podemos vivir sin los otros, todo se radicaliza. La Iglesia no quiere ningún privilegio, sólo un espacio para poder dar la contribución que, como cualquier otra realidad que tenga presencia en el ámbito social, cultural, laboral, etc., puede ofrecer. No tiene más interés que defender esto.
P.–¿Cómo cree que ha gestionado el Gobierno de Rajoy la herencia legislativa en cuestiones como el aborto, la eutanasia o el matrimonio homosexual?
R.– En este tipo de problemas la legislación es el último punto. La cuestión no es imponer una u otra cosa, sino qué es lo que hace imposible que puedan ser de nuevo reconocidos como valiosos ciertos valores que para otros no lo son. La Iglesia cree que la vida se vive mejor viviéndola en relación con los demás, que los niños crecen mejor si la familia funciona, que las personas viven mejor en el matrimonio que si se divorcian, pero esto no se puede imponer por decreto. Pensábamos que para disfrutar de la libertad bastaría con no tener ningún tipo de coacción, pero llega un momento en que uno se pregunta, ¿para qué tengo yo la libertad? No es un problema de la ley, la ley es consecuencia de algo que primero es necesario construir para que pueda ser reconocido por todos. Cuando las leyes retroceden, en el mundo laboral, en la defensa de la mujer, de la vida, o en la defensa de la ecología, vemos las consecuencias. Por ejemplo, nadie nos fuerza a hacer una ley para defender la naturaleza, lo que significa que todavía ese valor no se ha derrumbado y por eso se puede reflejar también legalmente. El desafío es evitar, como dice el Papa, que prevalezca la ideología de descartar todo aquello que no nos sirve, de tratar a las personas como algo de usar y tirar.
P.–¿Se ha perdido el valor de la vida humana?
R.– Hemos dado por supuesto que la vida por sí misma tiene valor, pero no basta la vida, la vida tiene valor si tiene un sentido, si tiene un significado, si hay algo que la hace digna de ser vivida. La vida tiene que enamorarte porque eso es lo que facilita que uno se abra a un horizonte más grande y que empiece a sentir al otro no como un adversario o como alguien que me limita la libertad, sino que me la amplía.
P.–¿Qué responsabilidad tiene ahí la educación?
R.– Cuanto más a disposición tenemos los datos más evidente es que estamos ante un problema de emergencia educativa. Antes un profesor tenía a los estudiantes dispuestos a aprender. Ahora no, ahora hay que suscitar el interés por lo que explicas para que pueda tener una incidencia en la persona y que ofreciéndole un camino humano, un camino de conocimiento, un camino de uso de la razón, una educación en la libertad, pueda generarse un sujeto que es el que después genera la sociedad en la que vivimos. A veces, el problema de la educación es el problema del adulto, no solo de los chicos. Para muchos padres, el único principio es que sus hijos no tengan que sufrir las dificultades que han sufrido ellos. Pero si les quitamos aquellos factores que hacen evolucionar a la persona en vez de acompañarlos y ayudarles a que los superen y a que crezcan haremos un niño permanente. Por otra parte, ahora la educación consiste en darle a los alumnos una serie de instrumentos técnicos para que puedan manejarse, porque no está de moda darles una educación en filosofía o en antropología. Y esa es la razón por la que estamos inermes ante las fake news. Es como si el corazón del hombre ya no fuera capaz de detectar lo verdadero. Por eso hay que poner en el centro a la persona para entrenarla a mirar el mundo con sus propios ojos, a pensar con su propia cabeza, desarrollando un espíritu crítico que le haga más protagonista y menos espectadora, más líder y menos follower, más ciudadana y menos súbdita.
P.–¿Es necesaria la autoridad en la educación?
R.– Etimológicamente autoridad significa alguien que me hace crecer. Quién no recuerda en su vida personas, profesores, o amigos así. Esto es la autoridad, el testigo que dice mira cómo se puede vivir la vida, no alguien que te impone autoritariamente una visión de las cosas, sino que nos desafía simplemente viviendo.
P.–En la situación actual del País Vasco, ¿es necesario anteponer el olvido a la justicia para avanzar?
R.–La justicia no puede dejar de cumplir su función con aquellos que hayan cometido delitos de sangre. Sin embargo, pueden cumplir toda su condena y no admitir el mal hecho. Y nosotros podemos sentirnos frustrados porque las víctimas no recuperarán nunca a sus seres queridos. Estamos ante un problema más profundo. Si no existe un más allá, la justicia es una palabra vacía. El cristianismo ha logrado que el más allá se haya hecho presente en la historia. Jesús dando la vida por los hombres ha desafiado la espiral de la violencia de la que nosotros no conseguimos salir. Y sin esa misericordia no encontrarán la paz ni los unos ni los otros. Cuando las personas se abren a este proceso empieza a suceder un acontecimiento que cambia en primer lugar a la persona. Si en la vida no puede suceder algo que prevalece en el presente sobre todo el horror del pasado no hay nada que hacer.
Nació en Navaconcejo (Cáceres), en 1950 Fue ordenado sacerdote en 1975 Fue profesor de Nuevo Testamento en la Universidad San Dámaso de Madrid y actualmente lo es de Teología en la Universidad del Sacro Cuore de Milán Es autor de ‘Jesús, el Mesías manifestado’.