mercoledì 17 maggio 2017

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(Iván Gallo) Por Monseñor Epalza se supo del horror de la casas de pique en Buenaventura. Su sotana hace de escudo en las marchas y los paros como el que arrancó en el puerto. Doña Ermegilda se llamaba. Había enloquecido porque le habían dado veinte mil pesos para limpiar una de esas casas de pique. Creyó que podía quitar, de entre las rendijas de las baldosas, pedacitos de cráneo sin perder la razón. Pero no pudo. La sangre se le metió dentro de las uñas y el olor de la muerte se le incrustó en la piel. Monseñor Héctor Epalza Quintero le contó a todo el mundo el relato de la loca pero nadie le creyó. (...)